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11/09/2016

Actualidad

Paola Montes de Oca, la mujer pintora de Calamaro

“Con Javier vivimos un amor genuino”.

Hasta conocer a Javier Calamaro la vida de la cubana Paola Montes de Oca estuvo signada por el desarraigo. Huyó con sus padres de Cuba cuando tenía apenas cinco años y, desde entonces, fue una trotamundos. Primero se instalaron en Alemania, en los albores de la caída del Muro de Berlín, entre la nostalgia socialista y la esperanza que vendía el capitalismo. Luego hicieron base en los Estados Unidos hasta que se decidieron por España, donde el idioma les facilitó la adaptación. En ese trajín, sus curiosos ojos de niña registraban cada rostro nuevo, cada expresión, que luego en lápiz negro volcaba en el papel. Era una forma de aferrarse a los lugares y a las personas, de atenuar ese nomadismo que la hacía tan cubana como de ninguna parte. En su casa, su madre, física y matemática, no apeló a los retratos —el dibujo no era lo suyo— sino a la comida cubana para mantener vivas las raíces.
“Crecí en Madrid y después en Valencia. Siempre dibujé. En mi niñez además de darme herramientas para dibujar, a través de importantes visitas a museos y muchos libros, fui descubriendo el arte universal y su historia, algo que siempre me fascinó… Me quedaron muy marcados los personajes que descubrí en la infancia, como Dalí, Picasso, Da Vinci, Van Gogh y Frida Kahlo”, explica la artista, casada desde hace siete años con el músico y con quien vive en una casa de zona Norte. Se conocieron en 2009 en Miami, donde ella se había mudado recientemente. En el living vidriado que más bien parece un jardín de invierno, un piano de cola blanco convive con retratos de Dalí, Van Gogh, Frida, Amy Winehouse y algunos argentinos que forman parte de una colección de pinturas en miniatura. Todos ellos formarán parte de la muestra que la artista presentará del 1° al 4 de septiembre en BADA, la feria de Arte Contemporáneo “directo de artista” que este año se realizará en La Rural. “Es un gran reto porque me gusta que la gente pueda acercarse y ver el arte en vivo y establecer contacto con uno y darse cuenta que no es algo tan inalcanzable. Somos humanos los artistas también”, explica la pintora, anclada en la Argentina, el país que eligió para casarse y formar una familia.

—¿En qué momento de su vida conoce a Javier?
—Mis padres se separaron, terminé los estudios en Diseño Gráfico e Ilustración en España para tener un abanico más amplio de opciones, para tener una mejor salida laboral. Cuando terminé de estudiar decidí cambiar mi vida. Mi madre se había ido a vivir a Miami y a los 24 años me fui a vivir con ella. A los pocos meses conocí a Javier. Trabajaba en el diseño de una marca de ropa independiente en Coconut Groove y allí lo conocí de casualidad. No sabía que era famoso y ni escuchaba rock. Fue en 2009 y desde ese momento quedamos prendidos por Skype, dormíamos con el Skype encendido. Yo estaba esperando la Green Card americana y decidí irme a pesar de que todavía no me la habían otorgado. Llevábamos seis meses de relación a la distancia y decidí arriesgar por amor.

—¿Cómo fue su llegada a la Argentina?
—Yo venía con una mochila de cosas. Venía de España y había perdido a mi abuela apenas lo conocí. Dejé atrás a mi perro, mi casa… Y uno carga con muchas cosas que pesan. Al llegar acá y no tener familia, ni amistades, sólo tenerlo a él, fue duro al principio hasta asentarme y sentirme yo. Fueron unos momentos complicados hasta que nos empezamos a adaptar. Primero vivíamos en una casa en capital y al mudarnos a esta casa traje un contenedor con mis muebles y ya me sentí en casa. Durante los casi tres primeros años mi vida se resumía a una maleta ¡Me hacía la maleta para volverme prácticamente todos los días! (Risas) Después empecé a encontrarme dentro del lugar. Las relaciones suelen empezar bien y luego pudrirse, y a nosotros nos pasó al revés. Empezó complicado y nos conocimos muy bien! (Risas) Y a partir de ahí salió todo lo bueno y se puso cada vez mejor. Fue una evolución. Hoy somos re-compañeros. Compartimos muchos gustos; somos nuestros mejores amigos.

—¿Cómo conviven la música y la pintura en esta casa?
—¡De maravillas! A lo mejor a otra persona le resultaría tedioso escuchar cien veces el mismo acorde o el mismo onido de batería, pero a mí me encanta saber que él está ahí haciendo lo suyo y creando. Respetamos mucho el momento creativo del otro; es sagrado, y me hace sentir muy bien cuando él crea. Potenciamos ese momento. Estar enamorado es sentir admiración por la persona con la que estás. Y yo siento una gran admiración por lo que él hace y creo que hay un feedback. Nos respetamos mucho eso y lo retroalimentamos. Al conocernos en Miami, cuando él llegó a mi departamento se quedó flasheado con mis pinturas. El me incentivó para pintar en serio, porque hasta entonces yo trabajaba de diseñadora. Fue un gran sostén para mí y me dio la confianza para mostrar lo que hago. Dirijo y hago la edición de algunos de sus clips. Depositó la confianza en mi mente loca (Risas).

—¿Comparten sus “locuras”?
—Juntos nos contagiamos algunas locuras como la de los perros, porque cuando llegué él no tenía ni una mosca. Le inculqué esa pasión y él me inculcó la pasión por el buceo. Me saqué el certificado y cuando podemos nos vamos a bucear. Yo soy muy “friolera” pero él se mete en el agua helada en Puerto Madryn, donde grabó debajo del agua. Hicimos un viaje a un cementerio de barcos hundidos y descubrí una nueva pasión.

—¿Cómo define la relación que los une?
—Con Javier tenemos un amor genuino que se expande. Es un hombre excepcional que me vuelve loca, pero sobre todo es la mejor persona que conozco. Compartimos una inmensa pasión por el arte y la naturaleza. Además de nuestro amor mutuo, amamos aquello a lo que dedicamos nuestra vida siendo un gran equipo a la hora de trabajar persiguiendo nuestros sueños.

—¿Cómo tomó forma el arte en su vida?
—La pintura siempre fue ese lugar de encuentro conmigo misma y la forma de canalizar emociones. Lo hago desde el lugar del que está en un constante aprendizaje porque así afronto cada paso de la vida. Quien piensa que sabe todo está muerto. En cada obra hay una profunda parte de mí que tiene que ver mucho con el momento que estoy transitando. Aunque sean retratos, es inevitable que quede en ellos la impronta personal y el caudal de sensaciones que se desplegaron al pintarlos. A pesar de que soy muy inquieta y me gusta hacer muchas cosas, la pintura es mi actividad principal y a la que dedico mi vida de lleno. Intento concentrar ahí la mayor parte del tiempo y me impulso a generar. Creo que estoy en una etapa, que tal vez sea eterna, de descubrimiento constante.

—¿Qué personalidades pinta y por qué?
—Me suelen mover por admiración porque con sus vidas y sus personalidades hay ciertas pinceladas con las que me siento identificadas. Frida (Kahlo) es una mujer con una vida de mucho dolor pero al mismo tiempo de mucha fuerza. Es un icono de fuerza y de salir adelante. Dalí es muy influyente en mi vida porque cuando llegamos a España había acabado de morir y estaba todo empapelado con su figura. Me influyó mucho por eso, era muy niña y todo el tiempo lo mencionaban. Con Javier hemos ido a visitar su Casa Museo. Van Gogh por su pasión. Me gusta pintar, en esta colección de gente icónica, sobre todo cuando amo lo que hacen. Entre estas miniaturas que hice para BADA hay miniretratos.

—¿Qué presentará en BADA?
—Algunos de los cuadros grandes y las miniaturas. También tengo un formato chico de 20x30cm. De retratos más relajados. Mi primera gran muestra, que hice en el Centro Cultural Borges, se llamó “Bajo la Influencia”, así que ésta es una continuidad de la anterior. De la Argentina retraté al pintor (Leopoldo) Torres Agüero, de hecho tenemos un cuadro de él porque tenía mucha relación con mi suegra. Mi suegra tiene 95 años admirables desde la coronilla hasta la punta del pie. El le regaló ese cuadro y ella se lo obsequió a Javier. Convivimos con su influencia en casa. Gardel también está. Me faltan más argentinos.

—¿Le gustaría tener un hijo argentino?
—Me encantaría ser madre. Tengo que parir más cuadros y ya van a venir los “babies”. La persona a la que le compramos la casa tenía nueve hijos. Veníamos a ver la casa y estaba llena de niños, era una energía muy linda. En el momento en el que lleguen se va a coronar el hogar que hemos creado y el amor que nos tenemos.

Por Diego Esteves.

 

 

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