En una nueva entrega de +CARAS, Héctor Maugeri recibió a Marger Sealey, la cantante, actriz y compositora venezolana que acaba de ser reconocida con un premio Emmy por su documental Valiente, una melodía de amor propio. El proyecto, profundamente personal, aborda la ansiedad y la depresión, y busca visibilizar la importancia de la salud mental. Pero detrás de la artista consagrada y de los reflectores hay una historia de lucha y resiliencia que comenzó en Argentina, país al que ella misma define como su patria “por elección, amor y agradecimiento”.
Nacida en 1979 en Mérida, Venezuela, Marger creció en una familia atravesada por la música: su abuela fue cantante y su abuelo, músico de jazz. Desde los seis años ya pisaba escenarios, y a los quince grabó su primer single, Cómo olvidarte. A partir de ahí, su carrera no paró de crecer: musicales, discos de oro, reality shows y grandes escenarios. Sin embargo, el gran giro de su camino ocurrió cuando aterrizó en Buenos Aires a fines de los 90 tras protagonizar Fama, el musical, en la piel de Carmen Jones, un papel que la marcó para siempre.
Marger Sealey y las dificultades de vivir en Argentina
En ese sentido, recordó su llegada a la Argentina y cómo el país la impactó de inmediato: “Era verano y yo no lo podía creer porque en Venezuela, en Centroamérica, siempre es el mismo clima y siempre es el mismo horario. Eran las 8:30 de la noche y había sol. De repente empiezo a ver a la gente y yo dije ‘qué gente más bonita’. Y recuerdo que íbamos a ensayar al Lola Membrives, iba caminando por calle Corrientes y viene un chico corriendo y me agarra por la espalda, se pone de rodillas y me da un ramo de flores. Yo me volteo y lo que veo son unos ojos azules, un cabello negro. Y me dice: ‘Casate conmigo, sos la morocha más linda que vi yo’. A partir de ahí dije: 'Me quedo en Argentina'”.
Pero el comienzo no fue fácil. Tras el cierre de la obra que protagonizó en ese entonces, Marger tomó una decisión clave: no volver a Venezuela. Se quedó en Buenos Aires, sin dinero, porque se lo habían robado, sin un plan, con una enorme incertidumbre pero con la convicción de sus sueños. “Dormí en la Plaza del Congreso, con mis valijas. Y mientras yo estaba ahí, mi cara en gigantografía iluminaba el Teatro Lola Membrives. Estaba en situación de calle”, relató.

En medio de esa situación límite apareció Roberto Guerra, un hombre que se convertiría en un hermano de la vida: “Me encontró en la plaza y me dijo: ‘Mi negra, vos no podés estar acá, te venís a mi casa’. Yo no tenía ni un peso, ni un dólar, me habían robado todo. Él me abrió las puertas de su casa en Avellaneda, me daba 50 centavos para el colectivo para venir a Capital a buscar trabajo. Cuando yo volvía tenía cena, brazos que me recibían con amor, consejos y dándome fuerza. Hasta el día de hoy no es mi amigo, encontré un hermano de vida. Gracias a él conocí la generosidad del argentino”.
Con el tiempo, llegaron nuevos trabajos. Fue contratada por el productor Alejandro Romay, quien la hizo actuar en musicales con directores argentinos como Pepito Cibrián. Participó en grandes musicales como Chicago y Cabaret, la televisión de la mano de Susana Giménez y El sodero de mi vida, y la música que siempre fue su norte. Pero lo que nunca olvidó fue aquella etapa en la que estuvo al borde de perderlo todo. Hoy, desde el reconocimiento internacional y con la solidez de su carrera, Marger Sealey lo resume con un aprendizaje: “Uno nunca sabe quién puede ser esa persona que hoy está en la calle. Yo estuve ahí, y por eso siempre tengo compasión. La vida te puede dar vuelta en un segundo”.
MDP
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