jueves 24 de octubre de 2019
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CELEBRIDADES | 02-05-2016 17:08

Marcos Aguinis y su mujer, Nory

"Desde que salí del coma siempre le regalo flores". Galería de fotos

Con la lucidez de la síntesis, de una vida bien vivida, de la pasión por muchas profesiones y de la enseñanza del tiempo transcurrido, continúa por la ruta de la excelencia. Marcos Aguinis, el "Hombre del Renacimiento" (como lo definió un intelectual argentino) recibe a CARAS en su paquetísimo departamento de Barrio Parque, esmerándose en el arte del buen anfitrión. Elige uno de los más iluminados rincones del living, cerca de una ventana que deja entrar el sol y de su amado piano de cola. Ofrece café y comienza la entrevista."Soy un escritor de un espacio cerrado, podría escribir en una cárcel, o en un convento, no así en un bar. Ni siquiera podría tomar apuntes, por un problema de concentración. Incluso a pesar de que me he dedicado mucho a la música, nunca la pongo de fondo cuando escribo. Perturbaría mi atención. Necesito un espacio silencioso, casi hermético, para poder navegar en la profundidad de mi imaginación, de mi fantasía", explica quien además de novelista, es dibujante, pianista, médico, psiquiatra y neurocirujano, y hasta fue Secretario de Cultura en el gobierno de Raúl Alfonsín. Su último libro, "La Novela de mi Vida", es una autobiografía literaria y profesional donde el autor recorre la intimidad de su existencia, desde su infancia hasta la actualidad. "Es la primera vez que hago una autobiografía y confieso que me ha costado bastante. Comencé a redactarlo como si otro escribiera sobre mí, en segunda persona. Pero después me di cuenta de que esa técnica no servía, rompí todo lo que había escrito, y empecé de nuevo desde la primera línea, contándolo en primera persona. El libro está más centrado en mis profesiones más que en mi vida personal, aunque hay datos íntimos inevitables", dice.

Aguinis elogia la casa donde vive desde hace quince años, un departamento que es propiedad de su esposa, Nory. "Ella lo decoró muy bien. Cuando decidimos casarnos, abandoné mi hogar anterior y nos mudamos a éste. Acá suelo escribir en mi estudio. No soy fetichista con mis objetos, con mis libros, los suelo prestar, regalar y hasta perder (Risas). En general soy desapegado con todo, con mi ropa, con mis pertenencias, no acumulo cosas", confiesa un jovial Aguinis, que no parece tener la edad que tiene, y que además hace un culto de sus pasatiempos. "Practico gimnasia dos veces por semana, acá en el barrio, entreno aeróbico y musculatura general con un profesor. Me gusta caminar, ir al cine, al teatro, estoy abonado a la filarmónica del Teatro Colón, de modo que siempre me muevo, circulo. Me suelo encontrar con amigos en un bar, para charlar. Estoy conectado con el mundo, es fundamental no aislarse. Leo siempre todos los diarios, estoy siempre muy actualizado, y a veces me pone de muy mal humor, ya que me intoxico con malas noticias", agrega.

Uno de los tesoros de Marcos Aguinis es su familia, compuesta por sus cuatro hijos, Herman, Gerardo, Iliana y Luciana, y sus ocho nietos que van desde los 4 hasta los 21 años. "Es una tribu que me hace sentir un patriarca bíblico. Como padre fui alguien que proveyó a sus hijos de dos elementos complementarios: la instrucción, o sea la acumulación de datos e información; y la educación, que se refiere a la transmisión de valores. Y seguramente ellos se lo transmiten a sus propios hijos, porque todos mis nietos, que trabajan y se casaron en Estados Unidos, son queribles, estudiosos, alegres y amorosos", afirma.

—¿Cómo superó la muerte de la madre de sus hijos y se volvió a enamorar?

—Tuve novias en todas partes, en París, en Alemania, y en Argentina todo el tiempo. Hasta que me enamoré de Marita, que fue mi primera esposa. Tenía nueve años más que ella, nos casamos cuando yo tenía 30 y ella 21. Fue un amor muy intenso, porque era un ser muy alegre, una mujer culta, abogada y economista. Bailaba muy bien, tenía un extraordinario sentido del humor, fue muy buena madre de mis cuatro hijos, y cuando falleció muy tempranamente me afectó de una manera catastrófica. Estuvimos casados treinta años. Pocos días después de celebrar ese aniversario, murió súbitamente por una hemorragia cerebral, lo que fue una cierta paradoja porque yo era neurocirujano y atendía ese tipo de cuadros. Operaba aneurismas cerebrales. Y ella murió por esa causa, fue tan rápido el desenlace que no hubo tiempo de llevarla a una sala de cirugía. Yo tenía sesenta años, durante un año estuve bastante deprimido.

—Hasta que encontró a Nory...

—Sí, cuatro años después. Con ella reproduje esa sensación de tener una compañera para todo momento, una interlocutora confiable, una persona a la que uno quiere y por quien me siento amado. Eso se comprobó cuando padecí una encefalitis, hace cinco años, como consecuencia de un Herpes Zóster, que me produjo un estado de coma que duró quince días. Estuve internado más de un mes, gravísimo, al borde de la muerte. Porque además padecí una septicemia, infección generalizada muy intensa. No se encontraba el antibiótico adecuado para combatirla, y Nory estuvo a mi lado día y noche.

—Tanto agradecimiento por lo que hizo potenció su enamoramiento... ¿Es muy romántico con ella?

—¿Ve ese ramo de flores? (Lo señala), son rosas blancas, pero a veces son rojas o rosas. Desde que salí del coma, comencé a mandarle un ramo de flores semanal a mi esposa. Y ella tiene la calidad de manifestar que se sorprende con cada ramo y me lo agradece con un beso. Esa es una expresión que dice mucho. Además nos encanta viajar juntos, compartir comidas, fiestas, es una relación donde evidentemente hay amor y cercanía. Discutimos sobre muchos temas, no coincidimos, lo cual es bueno porque me ayuda a pensar. No todos mis escritos le gustan de entrada, y eso me impulsa a perfeccionarme.

—¿Qué enseñanza le dejó la cercanía con la muerte?

—Empecé a darme cuenta de que la existencia es una, y cuando cesa no hay forma de que cambie. A los seres humanos nos resulta muy difícil entender que cuando uno muere, desaparece. Esto lo sé desde chico, cuando tuve mi conflicto con Dios, al enterarme sobre la forma en que fue asesinado mi abuelo por los nazis. En “La Novela de mi Vida” comienzo con el momento en que vi llorar a mi padre por primera vez, cuando yo tenía entre siete y nueve años. Mi papá era un ídolo, muy fuerte, con mucho humor, cantaba y narraba historias, pero un día recibió una carta y se quebró...

—¿Qué decía?

—Me costó que me contara de qué se trataba, y en la carta le narraban que los nazis habían llegado a la aldea donde vivía el padre y dos hermanas (la madre ya había fallecido), y por la fuerza los arrancaron de sus chozas, para llevarlos en camiones a los trenes que a su vez los trasladarían a los campos de exterminio, donde estaban las cámaras de gas y los hornos crematorios. Mi abuelo, que era religioso, pidió permiso para volver a la casa a buscar su manto ritual con el que rezaba, no se lo permitieron. Obstinado se lanzó a buscarlo, y una ráfaga de balas lo derribó, cayo en una zanja, era un día de lluvia. Quedó ahí tirado y es probable que lo hayan devorado las fieras...

—Tremendo...

—La enseñanza de todas estas cosas es que seamos cada vez más modestos, y que aprendamos a disfrutar de la vida mientras la tenemos. Y a celebrar el amor, la amistad, evitando el odio, la confrontación esteril.

—¿Cómo se lleva con el paso del tiempo?

—Va creando límites, no puedo correr como antes, no tengo la misma memoria reciente, y por supuesto que eso me da rabia. Pero es algo que debemos  aceptar porque nos vamos enriqueciendo con otras cosas. Ahora tengo nietos, y cuando era  joven, no. Y ellos me proveen de una alegría que en aquellos momentos era inimaginable.

—¿Qué le gusta agradecer?

—Agradezco algo que en algún momento pensé que era una maldición, pero ahora lo percibo como una bendición, que es el hecho de haber pasado por muchas profesiones y que en todas ellas me fue bien. Las fui cambiando por ambicioso, por temerario...

—Por Renacentista...

—(Risas). ¡Está bien eso...! Pero me permitió tener acceso a muchos “cuartos...del palacio que es la vida”, si se me permite la expresión. Entonces me metí a fondo en la medicina, en la neurocirugía, en el psicoanálisis, en la política, en la literatura, en las Bellas Artes, cada etapa la viví como si fuera el único “cuarto” en el que tendría posibilidades de vivir.

—Entonces se siente conforme con “la huella” que deja para las próximas generaciones...

—Hay un aforismo chino que dice: “El Cielo me protega de tiempos muy interesantes”, y debo reconocer que el Cielo no me protegió de eso, sino que me ha hecho vivir un tiempo muy tormentoso, difícil. Lo que va a hacer que me recuerden es mi obra literaria más que mis opiniones periodísticas. Cada página que escribí fue pensada, muy trabajada, en la búsqueda de la profundidad del alma humana.

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