Hay un momento en la vida en el que te mirás al espejo y te das cuenta de que algo cambió.
No sabés exactamente cuándo pasó.
Pero esa mujer que ves ya no es la misma que hace diez, quince o veinte años.
Y no está mal.
Porque vos cambiaste.
Cambió tu cuerpo, cambiaron tus gustos, cambió tu manera de vivir, tus prioridades, tus experiencias, tus sueños… y también cambió la manera en la que querés sentirte y mostrarte frente al mundo.
Entonces, ¿por qué pretendemos que nuestro placard siga siendo el mismo?
Muchas veces abrimos el guardarropa y pensamos:
“¡No tengo nada que ponerme!”
Pero quizás el problema no es que no tengamos ropa.
Quizás el problema es que seguimos mirando nuestro placard con los ojos de una mujer que ya no somos.
Y acá quiero decirte algo que para mí es fundamental: no necesitás tirar todo y empezar de nuevo.
No necesitás cambiar tu identidad para cambiar tu imagen.
A veces, simplemente necesitás volver a mirar.
Esa camisa que usaste durante años puede tener una nueva vida.
Ese pantalón que sentís que ya no es para vos puede transformarse con otra combinación.
Ese vestido puede verse completamente diferente con otro calzado, otro accesorio o simplemente llevándolo de otra manera.
Porque el estilo no siempre está en comprar algo nuevo.
Muchas veces está en descubrir nuevas posibilidades en lo que ya tenemos.
Y quizás eso es lo más lindo de crecer: entender que no tenemos que volver a ser quienes fuimos.
Tenemos que animarnos a descubrir quiénes somos ahora.
Nuestra imagen también cuenta nuestra historia.
Cuenta lo que vivimos, lo que aprendimos, lo que dejamos atrás y también lo que todavía queremos vivir.
Por eso, después de los 40, no se trata de vestirte como antes.
Se trata de preguntarte:
¿Cómo quiero verme?
¿Cómo quiero sentirme?
¿Qué quiero transmitir?
¿Esta ropa habla de mí, de la mujer que soy hoy?
Porque cuando nuestra imagen se alinea con nuestra identidad, algo cambia.
Nos paramos diferente.
Caminamos diferente.
Nos miramos diferente.
Y no porque la ropa haya cambiado.
Porque cambiamos nosotras.
Así que la próxima vez que abras tu placard y sientas que nada te representa, no pienses inmediatamente en salir a comprar.
Primero, detente.
Mirá.
Probá.
Combiná.
Jugá.
Y quizás descubras que no necesitabas un placard nuevo.
Necesitabas volver a encontrarte con vos.
Porque tu imagen no tiene que recordarte quién fuiste.
Tiene que ayudarte a celebrar quién sos hoy.
Majo
@MajoMilla
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