Juana Viale y Agustín Goldenhorn (INSTAGRAM/@juanavialeoficial)
CELEBRIDADES

Así es la casa circular donde iban a vivir Juana Viale y Agustín Goldenhorn: techo abierto corredizo y árbol en medio de la planta baja

Un proyecto compartido que cruzó arquitectura y vida en común, con una idea exigente de habitar que marcó su desenlace.

Juana Viale y Agustín Goldenhorn se conocieron en 2019, en una cita a ciegas organizada por un amigo en común. El vínculo avanzó rápido, con una intensidad que la propia conductora llegó a definir sin filtro. Pronto dejó de ser solo una relación para convertirse en un proyecto compartido, en el que él aportaba desde la arquitectura y ella desde un recorrido público ya consolidado, con una sensibilidad afín a lo natural que también forma parte de su estilo de vida. En ese cruce, la casa apareció como algo más que un espacio a ocupar: fue una idea en conjunto, pensada para una vida compartida que incluía a sus respectivas familias.

Juana Viale y Agustín Goldenhorn: una casa como proyecto de vida

En ese contexto, la vivienda, conocida como “Casa Gitana” o casa circular, ubicada en La Horqueta, en el partido de San Isidro, funciona casi como una síntesis del vínculo, ya que su diseño desarma el recorrido lineal típico y propone una organización centrada en un vacío que articula todos los espacios. No hay recorridos evidentes, sino una continuidad que obliga a habitar de otra manera, en una lógica más cercana a una idea que a una solución práctica.

El vacío central organiza la casa y posiciona al árbol como núcleo.

En esa forma de pensar el espacio también se puede leer un eco de la planta libre moderna, asociada a arquitectos como Ludwig Mies van der Rohe, donde los ambientes se definen más por sus relaciones que por límites rígidos, pero también una búsqueda más cercana a la arquitectura experimental, donde la casa deja de ser una respuesta estándar para convertirse en un sistema que pone en tensión la forma de habitar. Esa misma condición también habla del tipo de proyecto que estaban construyendo como pareja, donde la casa no se adapta a quien la ocupa, sino que plantea sus propias reglas.

El gesto más radical aparece en la planta baja, donde un árbol —una pezuña de vaca, especie nativa— crece en el centro del living y rompe con la idea de la casa como un espacio cerrado, reorganizando toda la lógica del proyecto. A su alrededor, los ambientes se disponen sin divisiones rígidas y construyen una continuidad que diluye las fronteras tradicionales, haciendo que la naturaleza deje de ser fondo para convertirse en estructura. El paso del tiempo, la luz y las estaciones se incorporan así como parte activa del espacio. Esa relación aparece también en las palabras del propio Agustín Goldenhorn: “Otoño en Casa Gitana - late distinto, colores que aparecen, las plantas se preparan para dormir y crecer. Ya se empiezan a ir las hojas para que pase el sol, necesario para calentar. Verano en otoño. Siempre”.

Luz, materia y continuidad: una arquitectura que se explica sin excesos.

Esa apertura se refuerza con un techo corredizo a control remoto que permite el ingreso directo de luz y aire en el corazón de la casa y transforma el ambiente según el momento del día o el clima, en una operación simple pero precisa donde el interior "deja de ser completamente interior". La luz cenital, es decir, desde arriba; no solo ilumina, sino que construye atmósfera y define la experiencia del espacio, en una arquitectura que trabaja con elementos básicos: aire, luz y materia.

Juana Viale y Agustín Goldenhorn: arquitectura, ruptura y resignificación

La materialidad acompaña esa lógica a través de una combinación de hormigón visto, madera y grandes superficies vidriadas, donde cada elemento cumple un rol específico dentro del conjunto. El hormigón establece una base continua y neutra, mientras que la madera introduce una calidez que equilibra el espacio, y los grandes ventanales funcionan como un plano de transición que separa y, al mismo tiempo, vincula el interior con el exterior. A su vez, el mobiliario queda en un segundo plano y evita competir con la arquitectura.

Cocina abierta, sin alacenas: todo queda a la vista.

Desarrollada en tres plantas, la casa organiza su programa en torno a una lógica de continuidad. La planta baja integra living, comedor y una cocina de estantes abiertos en un único espacio que se abre hacia la galería mediante grandes ventanales, reforzando el vínculo con el exterior. Allí, el horno Tromen, la parrilla y un jardín de especies nativas acompañan una pileta circular con deck de lapacho y un sector de fogonero. Los espacios de servicio, como el lavadero con patio de tendido y la cochera, se resuelven sin interferir en esa secuencia.

En el primer nivel se disponen dos dormitorios en suite y dos playrooms que mantienen la flexibilidad del conjunto, mientras que la planta superior concentra la master suite, con un baño sectorizado, vestidor con luz natural, área de escritorio y salida a una terraza. Más que una acumulación de ambientes, la casa organiza sus usos dentro de un sistema que prioriza las relaciones espaciales por sobre la compartimentación tradicional.

Sin embargo, el proyecto no llegó a concretarse en los términos en que había sido pensado, ya que, aunque la casa fue diseñada para ambos, la pareja atravesó distintas crisis y terminó separándose antes de habitarla plenamente. Con el tiempo, la propiedad incluso fue puesta a la venta, reforzando la idea de una obra que sobrevive al vínculo que la originó, pero que también lo redefine. Más allá de su relación con Juana Viale, el proyecto se lee con claridad como una obra donde cada decisión responde a una idea consistente sobre cómo habitar. Lejos de resolver una casa convencional, el proyecto construye un sistema propio, con una búsqueda conceptual clara y una coherencia poco habitual en el ámbito residencial el cual no busca agradar, sino proponer.

EN ESTA NOTA