Wanda Brenner, hija de María Socas: “Me nutrí de mi mamá”
La joven artista abrió las puertas de su casa familiar, repasó su herencia artística entre París y Madrid, y se sinceró sobre cómo el amor de su madre guio su camino en la actuación.
La impulsa lo colectivo. Lo lúdico como canal primario de expansión. Que además de convocarla en distintos mundos de ficción, lleva a la actriz Wanda Brenner a honrar hasta con la mirada su profesión.
Y el mismo interruptor que enciende su temprano despertar artístico, como impulsor madre de su artista en construcción, es el que a la vez conecta a la hija de la recordada María Socas (fallecida a fines de 2024) con su legado hasta hoy.
Wanda Brenner, la hija de María Socas que brilla como actriz.
Wanda Brenner, hija de María Socas: “Me nutrí de mi mamá”
“Mi primer impulso para meterme en actuación, aunque ya reconocía mi faceta artista, fue pasar más tiempo con mi mamá que se la pasaba trabajando”, evoca la artista que a sus 29 y tras estrenar El Jardín del Infierno en el Tinglado Teatro, célebre drama teatral con tintes de tragedia moderna, reivindica el juego en equipo.
“Siempre aprendí mejor en compañía. Cuando actúo dejo lo racional y está bueno canalizar personajes con matices intensos. Encontrarme el enojo, el juego y la alegría también me revitalizó porque este es un personaje que llora mucho”, dice quien –los viernes de septiembre y octubre– interpreta a una apasionada tana bajo dirección de Gabriel Lenn.
Wanda Brenner junto a su mamá, María Socas.
En la casa familiar donde recibe a CARAS, no hay rincón sin huella emocional latente. Sin aroma a hogar o anécdota de colección que no delate su madurez subyacente.
“La biblioteca es de mamá y papá (Rubén Brenner) pero es muy ella. Hay desde García Lorca, Chéjov, religión, espiritualidad, arte. Pero siempre vuelvo a la sección infantil que nos leía cuando éramos chicos o Shakespeare, que tenía una unión increíble con mamá. Incluso armamos grupo de lectura de Hamlet en pandemia, con su amiga guionista Silvina Frejdkes”, revive la actriz cuyo linaje aristocrático familiar “que nunca termino del todo de procesar” la acompaña en memorias.
“Mi abuela materna, María Antonia Ortiz (conocida por su boutique de moda El Carretel, que vestía a Mirtha Legrand) murió a mis 5 años y mi abuelo paterno, Ben Molar, en 2015. Mamá era experta contando anécdotas y conocí mucho a mi abuela a través de ella”.
La joven artista que se formó de chica y debutó en cine con su recordada madre, posó con CARAS en la casa familiar.
Y con estreno reciente de la pieza de Osvaldo Dragún “que es de 1959 pero tiene algo muy actual”, la joven formada en Cine y con temprano paso por el Fontainebleau School of Acting en Francia y el Estudio Corazza para la Actuación en Madrid, admite: “Lo doy todo en ensayo pero la escena es presente puro. Soy más de aprender desde lo empírico”, dice quien participó en ATAV 2 y a sus 17 en El cielo del Centauro, el último filme del fallecido director Hugo Santiago.
“La mirada de mi mamá sobre el mundo era inspiradora. Y papá, re intelectual y músico, conectó con ella desde ahí y la re enamoraba sus letras. Mi hermano también músico, que estudió Física y vive en Alemania, siempre fue el autodidacta y yo de tomar clases. También estudié Filosofía y me parecía fascinante el intercambio. Me enciende la pasión del otro”.
—¿Por eso sos actriz?
—Sí, porque es estar y crear con otro. Me encanta el texto y eso lo saqué de mi mamá. Fan de los grandes dramaturgos, autores y materiales. Conocí directoras que escriben muy bien y uno atrae eso también. Claramente admiraba a mi madre y actuar como primer impulso tuvo que ver con querer pasar más tiempo con ella. A mis 10 se lo planteo y a la semana la llama Jean Pierre Noher y le pregunta si conoce una chica de 10 que esté para actuar. Nos juntamos con el director en el Ateneo Grand Splendid y me confirmó que había quedado.
Wanda Brenner habló con CARAS sobre su legado, vivencias y la obra que hoy protagoniza.
—¿Fue tu debut?
—Sí, no había tenido clases. Ella hizo de mi mamá y terminó siendo lo que yo quería: pasar más tiempo juntas. Y cuando enfermó por primera vez, a mis 19, aproveché tiempo de calidad para conocerla a fondo. Tuve una segunda oportunidad en ese sentido. Hablábamos mucho sobre actuación y fue referente para mi artista. Horas charlábamos en esta mesita con café y se nos iba toda la mañana. A mí me quedó mucho una escena de Cartas de amor en Cassette que tiene con Miguel Ángel Solá que me hace llorar. Era muy culta y formada. Había estudiado 11 años con Gandolfo y 10 más con Augusto Fernández. Y mi abuela materna era una aventurada. Una loca que vivía la mitad del tiempo en París y se metía a los desfiles sin dejar que nadie le pusiera un freno.
—Vos también viviste unos años en Francia donde te formaste. ¿También habla de tu personalidad?
—Es loco porque muchos me decían “qué valiente” pero no me daba cuenta. Y sentí un vínculo muy grande con mi abuela allá. De chica quise aprender francés y terminé estudiando en la Fontainebleau School of Acting, una escuela internacional de teatro, en inglés. Un pueblo aristocrático chiquitito, donde está el castillo Fontainebleau donde vacacionaba Napoleón Bonaparte, rodeado de un bosque mágico donde a veces teníamos clases. Yo iba y volvía, pero estuve allá 3 años.
Wanda Brenner estudió cine, canto y escribe poesías.
—¿La experiencia aceleró tu despertar artístico o ya había despegado?
—Fue un florecimiento que potenció todo. Un desafío vital porque llegué como visitante, con todos ingleses. Y pasé de no hacerme entender, a que me dieran el protagónico de la obra de cierre. Fue mi pequeña epopeya y me cambió. Y el director que es medio un loco, muy artista, después me entero que es un primo lejano mío. Cuando volví, estudié con Julio Chávez pero antes me formé en el Estudio Corazza para la Actuación, en Madrid. Donde conocí a Javier Bardem. Él es muy curioso y sigue formándose, expuesto ante un montón de compañeros siendo quien es. Y me quedo con algo que me... cuando pintó la mesa del living. Mi mamá siempre fue culo inquieto y hay algo muy navideño en la deco porque la Navidad es muy ella.
Y con una edad que por momentos no acredita las vivencias acumuladas, declara: “Quizás peco de una humildad exacerbada y me olvido de muchas cosas, pero lo aprendí de mis padres. No como una bajada de línea, sino algo de lo que me nutrí”.
La hija de María Socas se formó en la Fontainebleau School of Acting, en Francia y en el Estudio Corazza para la Actuación, en Madrid.
—¿Fuera del arte te nutrís de otros intereses?
—Siempre me siguen dando ganas de ir de oyente a una clase de Filosofía. Me interesa el mundo del modelaje, la ropa. Siempre me gustó disfrazarme pero lo ligué a actuación. También me gusta cantar y tomo clases. En la FUC grabé dos cortos y escribí un libro de poesía que no publiqué.
—¿Con qué fantaseas?
—Estar en grandes proyectos. Vengo de filmar Yeso, peli en posproducción con Nerina de León Tonno junto a Delfina Pignatiello –exnadadora olímpica– como coprotagonista. Se vienen dos proyectos con Cinthia Varela de largometraje que quiere que protagonice y buscando financiamiento. Me gustan las películas complejas a nivel guion. Y encontrarme con gente talentosa con la que me pueda complementar actuando.