Ximena Caminos con una de las estructuras del proyecto: arrecifes artificiales (@veroruizphoto)
Celebridades

Ximena Caminos, de la dupla creativa que transformó Miami a recuperar ecosistemas con arte: “Necesitaba ir más profundo”

La gestora cultural habla de su vida, su trayectoria e invita a conocer su nuevo universo submarino

Esta semana, Ximena Caminos es la protagonista de la tapa de CARAS. Desde Miami, habla de su recorrido, de la necesidad de reinventarse, de la vida después de los proyectos junto a Alan Faena y de ese nuevo universo submarino que nació, como ella misma dice, de una necesidad personal: “Necesitaba ir más profundo”.

El camino hacia la transformación más allá de la superficie

Ahora recuerda su primer encuentro con el mar, cuando fue a visitar a Buzios a su padre biológico, el artista y fotógrafo cordobés Manolo Caminos. Ella, que había crecido silvestre y a caballo en el campo de su padre elegido, el dirigente rural Juan Pedro Merbilhaa, descubrió otro mundo y se fascinó tanto con un coral que lo llevó con ella a su cuarto de hotel.

XImena Caminos en Miami.

Es la mañana de su charla en el Future Fest del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT). Ximena Caminos (57) dice que durmió bien, que ya no se pone tan nerviosa antes de hablar de lo que hace frente a la comunidad científica. Ya lo hizo en Harvard, donde su iniciativa es considerada transversal a distintas disciplinas, y la American Society of Civil Engineers (ASCE) la premió como Proyecto Sustentable del Año; ella misma fue reconocida entre las 10 Mujeres Ejemplares de Miami, una ciudad a la que llegó a regañadientes cuando aún estaba en pareja, creativa y sentimental, con Alan Faena, pero terminó contribuyendo a convertir en destino artístico y cultural.

Algo de todo eso no era suficiente, dice quien se formó como gestora en el Centro Cultural Recoleta de la mano de Teresa Anchorena, y en los inicios del MALBA junto a Eduardo Costantini, y luego construyó y moldeó la identidad cultural del universo Faena en Puerto Madero y en Estados Unidos.

Algo cambió en el medio, y Ximena quiso, necesitó, llevar la transformación más allá de la superficie. Ese algo está hoy frente a la costa de Miami Beach, bajo el agua: Reefline, una nueva infraestructura cultural y ecológica que une arte, ciencia, tecnología y restauración marina. Algo que comenzó a imaginar en 2018 y acaba de ser elegido por la revista Time como uno de los “World’s Greatest Places” de 2026.

Los looks de Ximena Caminos.

Ximena Caminos: “lo que hace Reefline es volver a la ciencia pop”

–El mundo científico entendió que el arte tiene el poder de convencer.

–Reefline parte de la ciencia, la ingeniería ambiental y la restauración de corales. Lo que yo hice fue agregarle el factor X, que es el arte. Es eso tan argentino de hackear el sistema.

–Y es tu cabeza de fundraiser, que busca la belleza.

–Exacto, ¡la belleza es tan importante! Se trata de hacer el problema sexy. Sobre eso es mi presentación en el MIT: el problema climático y la conservación no pueden ser resueltos sólo científicamente, porque también son un problema cultural. Es la relación extractivista que tenemos con la naturaleza la que lo generó, entonces aunque la ciencia esté, si la cultura no cambia, no se arregla. Lo que hace Reefline es volver a la ciencia pop. Estamos restaurando los ecosistemas dañados, pero también las imaginaciones. Eso es lo que hace el arte: hace que la gente entienda y empatice, porque uno nunca va a proteger lo que no entiende, lo que no ama.

Ximena, con su hijo Noa, buceando. 

–¿Cómo nace Reefline?

–En Faena Art hacía instalaciones gigantes en la playa y empecé a sentir: “Esto es divino, pero después lo tengo que desarmar y guardar”. También fue una crisis personal. Estaba en Jamaica con la baronesa Francesca von Habsburg, que me hablaba de la degradación del mar, y pensé: a mí me pasa lo mismo. Ya había trabajado con todos los artistas que quería… ¿iba a seguir haciendo más de lo mismo? Quería usar todo lo que aprendí para hacer algo mejor y, sobre todo, para ser mejor yo.

–Y ganaste una beca.

–Siempre quise aplicar para Knight Arts Challenge Award, que es un premio muy difícil de ganar porque es para ideas disruptivas en el arte. Hasta que un amigo científico me empezó a contar sobre la historia del arrecife frente a Miami Beach, la degradación del ecosistema y la posibilidad de instalar nuevos arrecifes en esa zona. Ahí empecé a entender la dimensión de lo que había debajo del agua.

–¿Sabías todo esto antes?

–¡No tenía la más pálida idea! Yo crecí en el campo de mi viejo, andando a caballo, trepando árboles. La vida marina me era totalmente ajena. Mi primer encuentro fuerte con el mar fue en Buzios, visitando a mi otro padre, Manolo, mi padre biológico, de quien mamá se separó cuando yo tenía cuatro años. Encontré un brain coral, el coral con forma de cerebro, y me lo llevé a mi cuarto del hotel…

–Uno de esos momentos que cuando mirás en el tiempo cobran sentido.

–Claro, porque los arquitectos del mar son los corales, que construyen las casas donde viven peces, cangrejos, langostas. Cuando mueren, todo ese ecosistema pierde su hábitat. Yo no sabía lo que era un arrecife artificial, y le pedí a mi amigo que me mostrara. Me enseñó estas estructuras de concreto con agujeros para que entraran los peces y ahí me cayó la ficha. Le pregunté: “¿Vos creés que esto puede ser arte?”. Me presenté al Knight Arts Challenge con esa idea y gané. Me dieron la mitad de la plata que había pedido porque era un proyecto riesgoso, pero después la ciudad hizo un referéndum para financiarlo, votó 69% que sí y me dieron los US$5.000.000 que faltaban.

A la izquierda Ximena Caminos junto a sus tres hijos, En la derecha su padre biológico, Manolo Caminos, que tenía a una leona como mascota,

–¿Cómo se le pide plata a la gente para algo que no puede ver?

–Eso es lo sorprendente, porque la gente entiende lo necesario. Van a nadar, hay excursiones, la gente se apropia del proyecto. La Universidad de Miami lo monitorea regularmente y los primeros resultados muestran un crecimiento muy importante de la vida marina. O sea que funciona.

–Tu influencia está transformando Miami.

–Yo no quería venir, estaba con Noa chiquito y no quería dejar mi país. Estaba bien allá, haciendo muestras grandes con la idea de acercar el mundo a la Argentina. No quería saber nada con venir. Le dije a Alan: “Tres años y me vuelvo”. ¡Llevo catorce! Fue fácil, hablo inglés perfecto porque cuando tenía once años, en la dictadura, me mudé a Estados Unidos con mi familia y fui al colegio en Washington; este país formateó parte de mi cerebro.

Ximena Caminos, de una infancia sin manuales y sus años junto a Alan Faena, a una Miami en la que “todo el mundo quiere ser inmortal”

–Venías de una educación muy distinta.

–Claro. Mamá, Mónica Poggio, socióloga vinculada al arte y la moda y hoy, junto a Grace Gold, una de las influencers senior de la dupla de las “hermanas Gold”, me había mandado hasta entonces a una escuela en La Plata donde no había notas ni manuales. No podíamos comprar mapas: había que dibujarlos. Por supuesto que cuando llegamos a Washington no teníamos ni boletín y fue un lío que nos aceptaran en un colegio porque la escuela no estaba reconocida. Esa escuela me deformó, pero para bien, me enseñó a pensar distinto. Y el campo, la naturaleza, fueron el remanso de una infancia que también fue difícil. Yo tuve un hermanito, Jean Jean, que murió de leucemia a los cinco años. Esa fue la verdadera razón por la que nos mudamos a Estados Unidos, mamá quería tratarlo acá. Con mi hermana, Agustina, healer, referente espiritual y a cargo del Wellness del Faena, nos refugiábamos en el jardín, trepando a los árboles.

–Todavía son muy unidas.

–Sí, es otra cosa que nos dio mami, enseñarnos a ser buenas hermanas. Caminamos juntas, estamos para sostenernos mutuamente, y ella también encontró su lugar acá, porque en Miami todo el mundo quiere ser inmortal.

–Con Alan fueron pareja, tienen a Noa (17), pero también una dupla creativa por más de dos décadas, ¿cómo es crear sin él? ¿Qué ganaste y qué perdiste?

–Siempre fue muy fácil crear con Alan, porque él traía una idea y yo la mejoraba, o al revés, la traía yo y él la volvía mejor. Siempre tuvimos muy buena química creativa, creo que éramos un power couple total a nivel creativo y eso era lo que nos unía. Era cómodo trabajar con él. También porque teníamos una estructura enorme. Pero trabajar sin él está bueno también, porque tengo más libertad y hago cosas más mías. Siento que soy más libre y creativa sola. No fue fácil irme, renunciar, yo me saqué literalmente la corona. Pero, ¿cuál es la tecla más importante del teclado? Delete, borrar. Es muy zen, pero la renuncia es la parte en donde uno se acomoda y se pone más liviano.

Ximena Caminos junto a su hijo Noa y el alcalde de Miami Beach, Steven Meiner.

–Ahora con Alan son amigos, como al principio.

–Sí, siempre fuimos muy amigos, nosotros empezamos y terminamos como amigos. Hemos tenido nuestros momentos de pelearnos, toda la vida, pero los dos, tanto él como yo, tenemos clarísimo que Noa está por encima de cualquier cosa, por encima de nosotros. Y aunque no quisiéramos, siempre nos vamos a llevar bien, porque somos buenos padres y buenas personas.

–Él acaba de ser padre otra vez, te llevás muy bien con Grace, su nueva mujer.

–Yo estoy feliz por él, porque me parece que Grace es alegre y le hace bien. Me parece que ahora está genuinamente enamorado y siento que ella lo cuida. Estoy muy contenta por él.

–Participaste del diseño del Faena New York.

–Sí, me llamaron para acompañar la expansión de la marca y volví porque es una marca que amo. Es el apellido de mi hijo y quiero que le vaya increíblemente bien. Lo difícil, cuando me fui, fue reencontrarme conmigo misma. Fui parte central de la creación, tengo una participación pequeña en la compañía y sigue siendo una casa para mí. Pero cuando le das tanto a un proyecto, ese proyecto también tiene tu ADN. Y cuando me fui, sentí un vacío enorme. Tuve que descubrir quién era yo fuera de todo eso y cómo quería seguir.

Ximena Caminos, en un mundo obsesionado con la superficie, fue más profundo

–La solución fue tomarte un año sabático.

–Agarré a los tres chicos (también tiene a Lucio, de 26, y a Ema, de 24, de su relación con el artista Eduardo Capilla), y nos fuimos de road trip un mes y medio por Japón. Yo sentía que tenía una deuda con ellos, quería dedicarme más a ser madre, porque con tanto trabajo les saqué mucha atención, sobre todo a los más grandes. Y sentía también que tenía que encontrar un tiempo propio, porque siempre había trabajado en binomios, siempre había tenido parejas creativas. Ahora estoy sola en ese sentido.

–Y te convertiste en una girlboss.

–Sí, con un equipo de mujeres del que soy la líder. Es mucha responsabilidad, hay que ser valiente para hacer lo que hago. No me encanta, pero no me queda otra. Siempre preferí estar detrás de la cortina dando las órdenes, pero que la cara la ponga otro. Ahora me volví protagonista, soy una de las figuritas culturales de la ciudad y eso me da credibilidad y prestigio, pero también nervios, porque aunque no parezca soy tímida.

Ximena Caminos con su marido, Luciano Ferreyra. 

–¿Con Luciano (Ferreyra) seguís casada?

–Sigo casada, pero en casas separadas, que fue algo que ninguna de mis parejas anteriores me aceptó, aunque yo se lo propuse a todos. Y por eso seguimos juntos, creo. No me gusta vivir en pareja, y Lu me dijo que sí, así que vive a diez minutos de casa y tenemos una relación donde no nos vemos todos los días.

–Más novios.

–Novios, te juro, y me encanta. Se me empezó a hacer un poco cuesta arriba el tema de la pareja tradicional. Descubrí que necesito mucho espacio propio. Así soy dueña de mi tiempo, hago lo que quiero, que es laburar todo el día, pero estoy en mi salsa. Un proyecto como Reefline hace que yo esté mucho en mi cabeza, ¡debo ser insoportable como pareja! Soy buena madre, estoy mucho con mis chicos.

A la izquierda, Ximena con uno de los autos de concreto undidos para crear arrecifes. A la derecha, con su madre, Mónica Poggio.

–¿Qué dicen ellos de Reefline? ¿Participan?

–Tanto, que Noa hoy no vino a ver mi charla porque se hizo buzo y me cambió por el mar. Siempre traté de que mis hijos tuvieran los pies en la tierra. Con Noa es un desafío distinto, porque nació en un mundo de mucho privilegio, aunque es un chico súper cariñoso, humilde y sensible. La mejor anécdota es de cuando tenía tres años. Vivíamos con Alan en el penthouse del Faena Buenos Aires y fuimos a comer a la casa de un amigo. Noa me mira y me dice al oído: “Mami, este hotel no me gusta”. Él pensaba que todo el mundo vivía en hoteles. Desde entonces trato de hacer un poco de contrapeso. Viajar con ellos, mostrarles otros mundos, salir del cinco estrellas. Porque Miami puede ser una burbuja muy brillante, casi una trampa, donde a veces la superficie pesa demasiado.

–No parece casual que, en ese reino de lo superficial, hayas creado un mundo sumergido.

–Quizá sí. En un mundo tan obsesionado con la superficie, yo necesitaba ir en la dirección contraria: ir más profundo. Reefline nació un poco de eso.

Fotos: @veroruizphoto

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