Presencia, el restaurante que revive los platos del siglo XIX de la mano de Rodrigo Da Costa
En una de las esquinas más elegantes de Recoleta, la cocina francesa del siglo XIX se une con una mirada contemporánea.
Presencia se encuentra en la esquina de Av. Alvear y Montevideo, en esa milla de oro que nace en la Plaza San Martín de Tours y se extiende hasta el Jockey Club. Detrás del proyecto —una ambiciosa remodelación integral de un edificio de dos plantas— está una familia neerlandesa que abrió el restaurante en 2025 y confió la cocina a Rodrigo Da Costa, un chef que pasó por el restaurante de Mauro Colagreco en Menton y por el discreto y nostálgico Virtus de París.
Presencia es un restaurante de alta gastronomía, recomendado por Michelin, con más de 500 metros cuadrados: boiserie blanca con molduras clásicas, piso de madera en espiga, mantelería impecable, mobiliario de líneas nórdicas, buenas copas, piezas de arte contemporáneo sobrias y decorativas, y grandes ventanales que dan al Palacio Duhau.
El salón de Presencia, resultado de una ambiciosa remodelación, con pisos de madera en espiga y mobiliario nórdico.
La carta permite que cada comensal elija y arme su propio recorrido. Es una cocina clásica, realizada con muy buen dominio de fondos y reducciones que el chef aligera incorporando notas ácidas, fermentos y texturas crocantes, como los encurtidos que escoltan al pato, los cítricos que cortan la untuosidad de las mollejas, o la manzana y el apio que refrescan la merluza negra.
Como un salón parisino, pero en Buenos Aires
El eje central de la propuesta se balancea entre algunos grandes platos de los salones parisinos del siglo XIX ligeramente modernizados —el Boef Bourguignon con cavatelli de topinambur, el magret de pato a la naranja acompañado de calabaza en dos texturas, el Tournedos Rossini, las crêpes Suzette o la isla flotante— y opciones de influencia mediterránea en las que aparecen pastas, jamón de primera línea y proteínas con guarniciones que se pagan por separado.
La cocina de Presencia, grandes platos parisinos con toques contemporáneos.
La cocina de Da Costa convence plenamente cuando su técnica depurada dialoga con la ligereza actual, pero tropieza cuando intenta recrear la opulencia aristocrática sin los ingredientes necesarios.
Los menús degustación, la otra cara del fine dining, son largos y estrechos: una sucesión de platitos. Funcionan cuando se quiere comprobar la calidad de una cocina en una sola visita. No se elige nada: todo viene impuesto, y la cantidad y calidad de los pasos importa más que el volumen de cada uno.
Presencia en sus platos, una cocina recomendada por la guía Michelin.
Presencia hace una valiente reivindicación del formato de cocina a la carta, al tiempo que busca la excepcionalidad gastronómica en un escenario elegante y con buen servicio, aunque ligeramente ruidoso. No apto para todos los bolsillos: $415.000 para dos personas, con vino; tuve la suerte de que no nos cobraran el postre que pedimos.