Cuando la adversidad aparece, el silencio afectivo duele más. Quien ha atravesado una enfermedad o un momento crítico sabe que no solo se pone en juego el cuerpo o la mente, sino también los vínculos. Y ahí ocurre algo difícil de nombrar: la amistad, muchas veces, se transforma en ausencia.
Existe un dicho popular que sostiene que “cuando estés mal vas a saber con quién contás”. Lejos de ser una frase hecha, revela una verdad incómoda. Es en la fragilidad donde se evidencian las presencias reales y, sobre todo, las ausencias. Personas que parecían incondicionales se esfuman, como humo en medio de una tormenta.
La adversidad también se experimenta en lo cotidiano: en el silencio del celular, en mensajes que no llegan, en promesas de llamadas que nunca se concretan. De pronto, la enfermedad no solo afecta al cuerpo; vacía la agenda, el WhatsApp, la vida social. Y con ello, algo más profundo: el sentido de pertenencia.
Al principio, se tiende a justificar: “están ocupados”, “no saben qué decir”, “no quiero ser una carga”. Sin embargo, con el tiempo, se impone una verdad más dura: algunos vínculos estaban sostenidos por la comodidad, no por el compromiso emocional.
El filósofo Aristóteles distinguía tres tipos de amistad: por placer, por utilidad y por virtud. Las dos primeras suelen desmoronarse ante la enfermedad, cuando la persona deja de ser “divertida” o “útil”. Solo la amistad por virtud —aquella que busca el bien del otro sin condiciones— logra sostenerse en la adversidad.
Duele comprender que muchas relaciones eran, en realidad, contratos implícitos de bienestar. Mientras había risas, encuentros y liviandad, todo funcionaba. Pero cuando aparecieron el dolor, los turnos médicos y las noches largas, el contrato se rompió.
También duele convertirse en un espejo incómodo. La fragilidad ajena confronta con la propia vulnerabilidad. Como advertía Martin Heidegger, la conciencia de la finitud es una experiencia difícil de sostener, y muchas personas prefieren alejarse antes que enfrentarse a ella.
Sin embargo, en medio del vacío, emergen dos aprendizajes. El primero: reconocer la soledad real, aquella que no depende de estar físicamente solo, sino de sentirse emocionalmente desamparado. Una soledad que, aunque duele, también permite ver con claridad.
El segundo: descubrir a quienes se quedan. Son pocos, a veces uno o dos. No tienen respuestas perfectas ni soluciones mágicas, pero están. Acompañan en silencio, sostienen, alivian desde lo simple. No ven al enfermo, ven al amigo. Esa es la amistad por virtud: la que no se negocia, la que permanece.
La adversidad no enseña quiénes son los amigos; revela quiénes nunca lo fueron. Y aunque el desamparo inicial impacta, con el tiempo se transforma en una oportunidad: reconstruir desde vínculos genuinos, sin máscaras ni compromisos vacíos.
Para quien atraviesa este proceso: no es culpa propia, no es una carga. Es la tormenta la que deja al descubierto la solidez —o fragilidad— de los techos ajenos.
Y para quienes se alejaron sin despedirse, queda una certeza: el dolor también ordena. Permite saber a quién abrazar cuando todo pase, y, sobre todo, enseña a no volver a ocupar el lugar de disponibilidad absoluta para quienes no supieron estar.
Porque incluso en el desgarro, la adversidad deja algo valioso: la certeza de que la verdadera amistad, aunque escasa, existe. Y es suficiente.
Ps. Sex.Mg Valeria Farhat - Mat 5457-
Escritora
Sexóloga.
Magister en Psicoinmunoneuroendocrinóloga del stress.
Especialista en ansiedad, psicología de la Obesidad, acompañamiento de victimas de psicópatas, perversos- Narcisistas y psicópatas integrados.
Instagram: @psvaleriafarhat
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