miércoles 15 de abril del 2026

El nuevo lujo: aprender a vivir sin estar en alerta

En un mundo que nos empuja a ir cada vez más rápido, aprender a frenar se vuelve una necesidad vital. El estrés ya no es solo una respuesta: es un estado en el que muchos vivimos sin darnos cuenta. ¿Cómo salir del modo supervivencia y empezar, realmente, a vivir?

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Cumplo un año como columnista de la Revista Caras y, a lo largo de estos meses, he abordado diferentes temáticas, todas vinculadas con lo que sé, con lo que hago y, sobre todo, con lo que amo hacer: acompañar a las personas a vivir mejor.

El nuevo lujo: aprender a vivir sin estar en alerta

El estrés, junto con la ansiedad, es una de las grandes pandemias de nuestro tiempo. De hecho, no hay persona que no haya experimentado alguna de estas vivencias en algún momento de su vida. Sin embargo, lo verdaderamente preocupante no radica en su existencia, ya que tanto el estrés como la ansiedad son respuestas necesarias para la supervivencia.

Vivimos en un mundo cómodo, accesible y al alcance de la mano, pero habitamos un cuerpo antiguo que requiere ciertas condiciones básicas (nutrición, descanso, actividad física y vínculos) para mantenerse en equilibrio. Nuestro cerebro, diseñado para ahorrar energía, tiende a elegir siempre el camino más fácil: “¿Ir a entrenar? Mejor ver televisión. ¿Cocinar? Mejor pedir comida. ¿Leer? Mejor escuchar un resumen”. Y así, con cada pequeña decisión cotidiana. Ni hablar en la era de la inteligencia artificial: “¿Investigar sobre algo? Mejor preguntarle a ChatGPT”.

No es casual que, en un contexto donde todo parece posible, nuestras necesidades más esenciales queden insatisfechas. Para nuestro cerebro, no hay demasiada diferencia entre el ataque inminente de un depredador y la falta de actividad física sostenida en el tiempo. En ambos casos, el sistema se activa: el cuerpo se alerta, se estresa y, si no encuentra descarga, se deteriora. Como con cualquier máquina, lo que no se usa, se oxida.

Cuando el cuerpo se estresa, se activa una especie de alarma interna que indica una amenaza latente. El cerebro no distingue del todo entre lo real y lo imaginario, por lo que responde poniendo en marcha todo el organismo: aumenta la liberación de cortisol y adrenalina, se eleva la glucosa en sangre para generar energía, y se inhiben funciones como la reproducción, la digestión o el descanso, en favor de una activación sostenida en otras áreas. El sistema inmunológico se posiciona en estado de alerta, con toda su tropa defensiva al frente, generando lo que hoy conocemos como inflamación crónica de bajo grado. Al mismo tiempo, el cerebro prioriza estímulos potencialmente peligrosos, generando sesgos cognitivos y atencionales.

Ahora bien, imaginemos que este estado de guerra silenciosa se sostiene durante años. Ninguna economía, ninguna ciudad, ni ninguna persona podrían atravesarlo sin consecuencias. Estas pueden ir desde cuadros depresivos hasta síndrome metabólico, enfermedades autoinmunes, aceleración de procesos neurodegenerativos o incluso la proliferación de células cancerígenas.

Y si ese estado de alerta comienza desde el inicio de la vida, sea por contextos adversos, vínculos poco disponibles o experiencias traumáticas, su impacto es aún mayor. El estrés temprano no solo afecta el desarrollo, sino que también modifica estructuras cerebrales, aumentando la sensibilidad a la amenaza. A nivel emocional, esto puede traducirse en mayor reactividad, irritabilidad, miedo, tendencia a la violencia o al sometimiento. En definitiva, mayor vulnerabilidad.

Sin embargo, incluso en estos escenarios, el estrés cumple una función protectora. Cada ajuste que realiza el organismo tiene como objetivo evitar el colapso y garantizar la supervivencia. Por eso, comprender qué es el estrés y cómo impacta en cada uno según su historia y singularidad es el primer paso en cualquier proceso terapéutico. No se trata solo de entender el por qué, sino también el cómo: cómo nuestras experiencias han modelado nuestra forma de percibir, interpretar y actuar en el mundo.

Al fin y al cabo, esta es la única vida que tenemos; la única oportunidad. Y no hay nada más reparador que empezar a elegir, con mayor conciencia y presencia, aquello que hacemos y nos ofrecemos a nosotros mismos. Porque, aunque no hayamos elegido muchas de las circunstancias que atravesamos, siempre podemos elegir cómo vivirlas. Y, en última instancia, el modo en que vivimos hoy es el precio que vamos a pagar por nuestro mañana.

De corazón, espero haber sembrado una pequeña inquietud, una chispa de entusiasmo que los invite a transitar este camino apasionante y profundamente transformador de intentar vivir mejor.

Con cariño,

Mag. Sofía C. Juárez | Mat. Nac. N° 68797

Instagram: @psi.sofiajuarez

Contacto: [email protected]

 

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