La maternidad puede convertirse en una experiencia capaz de desordenarnos, transformarnos y mostrarnos una versión de nosotras que todavía no conocíamos. Porque cuando nos convertimos en madres, también nace una nueva versión de nosotras.
El cuerpo es, quizás, uno de los primeros territorios donde esa transformación se hace visible. Gestar, atravesar un parto, amamantar —cuando se elige y es posible—, dormir menos, adaptarse a nuevos ritmos y aprender a habitar una nueva cotidianeidad. El cuerpo cambia, se expande, se transforma, se recupera. Nos sostiene mientras todo alrededor parece estar cambiando y nos recuerda que ya no somos exactamente las mismas.

Considero importante, detenernos a reconocer la maravilla de lo que nuestro cuerpo fue y es capaz de atravesar.
La maternidad nos desnuda física y emocionalmente. Nos confronta con un cuerpo diferente, con nuevas necesidades y con emociones que quizás nunca habíamos experimentado con tanta intensidad.
También puede cambiar nuestra manera de mirar la vida. Se resignifican prioridades: aquello que antes parecía importante puede dejar de serlo y otras cosas adquieren un valor diferente. Cambia nuestra sensibilidad, nuestra relación con el tiempo, con el mundo y con nosotras mismas.
También pueden cambiar los vínculos. La pareja necesita reencontrarse en medio del cansancio, las nuevas responsabilidades y los cambios en la intimidad. Las amistades y los espacios sociales también pueden transformarse. Algunas personas se acercan, otras se alejan.
Y, a veces, aparece una sensación dolorosa: la soledad.
Podemos estar rodeadas de personas, recibir amor y tener una familia presente y, aun así, sentirnos profundamente solas.

La soledad materna existe. Y hablar de ella no significa querer menos a nuestros hijos. Reconocerla puede ser el primer paso para pedir ayuda y construir el sostén que necesitamos. Porque necesitamos red. Necesitamos ser sostenidas para poder sostener.
Ser madre no debería significar dejar de ser mujer, profesional, pareja, amiga o persona con deseos propios. La maternidad se incorpora a quienes somos; no borra lo que existía: lo resignifica.
Y así aparece una de las grandes paradojas de la maternidad: nos empodera —nos convierte en “madres leonas”— y nos vulnerabiliza al mismo tiempo. Descubrimos una fuerza que quizás desconocíamos, pero también una sensibilidad y una vulnerabilidad nuevas.
La maternidad puede hacernos sentir invencibles y, al mismo tiempo, profundamente vulnerables. Ser fuerte no significa no sentirse vulnerable.
También atravesamos la felicidad y el agotamiento, la plenitud y la necesidad de estar solas, gratitud y nostalgia por nuestra vida anterior. La ambivalencia no invalida el amor. La maternidad puede ser maravillosa y difícil. Puede hacernos crecer y, al mismo tiempo, confrontarnos con nuestros límites.
Y quizás allí esté parte de su verdadero poder transformador: en invitarnos a conocernos de nuevo y a preguntarnos qué vida queremos construir. No solamente por nuestros hijos, sino también por nosotras.
Porque maternar también puede ser una oportunidad para recordar que, mientras acompañamos el crecimiento de alguien más, nosotras también seguimos creciendo.
Y quizás una de las formas más profundas de cuidar a quienes amamos sea también aprender a cuidarnos, escucharnos y no perdernos.
Milagros Tomich
Licenciada en Psicología M.P. 54.847
[email protected]
@lic.milagrostomich
Los viejos tuits de Adorni: "Si tenés mucho dinero, seguro no lo hiciste laburando"
Casa FOA: la especialista en color, Virginia Domínguez nos anticipa las tendencias deco 2027
CARAS Moda 2026