Desde muy pequeña aprendí a seguir adelante. A los 4 años sobrevivir, a los 8 volver a levantarme, y así, paso a paso, fui construyendo una vida atravesada por el trabajo, los desafíos, la familia, las pérdidas, los sueños y también por muchas oportunidades de volver a empezar.
Durante mucho tiempo simplemente hacía. Hoy aprendí a vivir cada vivencia.
Y eso cambió mi manera de mirar la vida.
Hoy disfruto el día a día. Un viaje a Córdoba, una capacitación, una conversación, una reunión, un café en el camino, una charla con alguien que quiero, un encuentro con mis compañeros y capacitadores de coaching. Cada experiencia tiene algo para enseñarme.
En el coaching descubrí algo maravilloso: no alcanza con aprender algo; tenemos que pasarlo por el cuerpo. Sentirlo, experimentarlo, atravesarlo. Porque cuando algo realmente nos transforma, deja de ser solamente conocimiento y se convierte en una experiencia que podemos transmitir.
Cada encuentro, cada herramienta, cada conversación y cada emoción que vivimos durante nuestra formación me permite comprender un poco más a las personas y, sobre todo, comprenderme a mí misma.
Y ahí aparece mi propósito.
Quiero llevar todo lo que estoy aprendiendo a cada rincón donde pueda llegar. Quiero acompañar a personas que hoy sienten que no pueden más, que están atravesando dolor, miedo, incertidumbre o simplemente necesitan que alguien les recuerde que todavía pueden levantarse.
No quiero mostrar una vida perfecta.
Quiero mostrar una vida real.
Una vida en la que hubo heridas, pero también hubo coraje. Una vida en la que muchas veces tuve que empezar de nuevo. Una vida en la que aprendí que ser fuerte no significa no quebrarse; significa encontrar dentro de una misma la fuerza para volver a levantarse.
Hoy quiero que mi historia inspire.
Que alguien que esté leyendo esto y esté pasando un momento difícil pueda pensar: “Si ella pudo seguir, quizás yo también pueda.”
Porque quizás ese sea el verdadero regalo de todo lo vivido: poder transformar nuestras experiencias en una luz para otros.
Gracias, Dios, por darme esta oportunidad única. Por haberme permitido llegar hasta acá. Por darme fuerza, pero también sensibilidad. Por permitirme descubrir que puedo ser fuerte y, al mismo tiempo, profundamente humana.
Hoy elijo vivir con pasión cada día.
Disfrutar cada encuentro.
Aprender de cada persona.
Agradecer cada oportunidad.
Y seguir caminando.
Porque todavía tengo mucho para dar.
Y si algo quiero dejarle al mundo es esto:
Se puede. Se puede volver a empezar. Se puede transformar el dolor en propósito. Se puede levantarse una y otra vez.
Y mientras tenga vida, voy a seguir intentando que mi historia ayude a alguien más a descubrir que también puede.
María Cristina Coggiola
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