En la práctica clínica hay algo que se repite, independientemente del motivo por el que una persona llega a consulta: tarde o temprano, aparecen los vínculos. Una pareja, una madre, un padre, un amigo, un hijo, un compañero de trabajo. Incluso cuando el motivo de consulta parece completamente individual, muchas veces lo interpersonal termina ocupando un lugar. Y no es casualidad. Somos seres relacionales.
Desde los primeros momentos de nuestra vida aprendemos a través de otros. En interacción con quienes nos rodean incorporamos formas de expresar y regular emociones, de pedir ayuda, de resolver conflictos y de relacionarnos. Mucho de lo que hacemos tiene una historia y no todo lo que somos fue necesariamente elegido.
Nuestra familia, las personas que nos criaron, el contexto en el que crecimos y las experiencias que atravesamos fueron dejando aprendizajes que, con el tiempo, pueden sentirse simplemente como “nuestra forma de ser”. Crecer también implica poder distinguir aquello que aprendimos de aquello que elegimos conservar.
A lo largo de la vida aparecen otros vínculos que sí elegimos: nuestras amistades, parejas y los grupos de los que decidimos formar parte. Pero mientras nosotros elegimos a esas personas, ellas también nos transforman. A través de las conversaciones, experiencias compartidas y formas de relacionarnos, podemos incorporar hábitos, intereses, maneras de pensar o de vincularnos.
Esta influencia interpersonal no determina quiénes somos. Reconocerla nos permite tomar un lugar más activo frente a ella: decidir qué queremos incorporar, qué transformar y qué preservar de nosotros mismos.
Al mismo tiempo que necesitamos vincularnos, necesitamos autonomía: poder decidir, desarrollar nuestros propios intereses y mantener nuestra individualidad dentro de los vínculos. No se trata de no necesitar a los demás, sino de poder pertenecer sin dejar de ser nosotros.
Un vínculo saludable puede alojar ambas necesidades: podemos querer a alguien y necesitar tiempo a solas, compartir proyectos y conservar intereses propios, escuchar al otro y seguir pensando diferente. Podemos poner límites y mostrarnos como somos sin sentir que eso pone en riesgo el vínculo.
Hay personas con las que nos sentimos más nosotros mismos, que respetan nuestros límites y acompañan nuestros cambios. También existen vínculos en los que, poco a poco, comenzamos a alejarnos de nosotros mismos para cumplir expectativas, evitar conflictos o conservar la relación. Muchas veces ocurre de manera tan gradual que no lo notamos.
Por eso, elegir nuestros vínculos también implica prestar atención a aquello en lo que nos estamos convirtiendo dentro de ellos. No se trata de buscar relaciones que nunca nos cuestionen, sino de que su influencia pueda acompañar nuestro crecimiento sin hacernos perder nuestra esencia.
Los vínculos inevitablemente nos modifican. La cuestión es poder participar activamente de esa influencia: conservar algunas cosas que aprendimos, cuestionar otras e incorporar nuevas formas de relacionarnos. Elegir qué queremos compartir y con quién.
Porque necesitamos de los otros, pero también necesitamos de nosotros mismos. Un vínculo saludable nos permite estar cerca sin sentir que tenemos que alejarnos de quienes somos.
Licenciada en Psicología, Martina Kohler
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