Palito Ortega, cantante, a sus 85 años: “Lo más importante es haber disfrutado hasta aquí, mucho de mis hijos”
El artista recorrió su infancia de escasez en Tucumán, el dolor de las ausencias, la inocencia de sus primeros sueños y el orgullo por la familia que formó.
A los 85 años, Ramón Bautista Ortega mantiene intacta la sencillez de aquel chico que dejó atrás la pobreza en Lules, Tucumán, para buscar un destino en Buenos Aires. En el ciclo de streaming Grandes que fueron chicos, el músico repasó los momentos más determinantes de su recorrido personal y artístico. Lejos de las luces y los flashes, el artista conectó con sus emociones más profundas y dejó frases que pintan de cuerpo entero su mirada sobre el éxito, la memoria y los afectos.
Palito Ortega abrió su corazón en el ciclo Grandes que fueron chicos
Palito Ortega: Los años difíciles en Lules, la fe y las anécdotas de una infancia humilde
La infancia de Palito Ortega transcurrió en un entorno de extrema necesidad donde cada jornada presentaba el desafío de sobrevivir. Con total naturalidad, el cantante recordó su paso por la iglesia de niño y bromeó sobre aquellos años: “Siempre en mi niñez yo era monaguillo, ayudaba a misa. Y me decían, vos tenés que seguir la carrera al sacerdocio. Después se lo conté a Bergoglio, una vez fui a Roma, se lo conté y le dije: 'Te salvaste porque si yo seguía la carrera, vos no estabas acá, con seguridad'”.
Palito Ortega sobre los escenarios, un sueño cumplido
En aquel pueblo, las changas y la ayuda comunitaria eran esenciales para salir adelante. “Había un matadero en el pueblo, yo iba y ayudaba, y siempre te tiraban algo. Y entonces mi abuela lo preparaba. Iba al río, siempre traías algo para comer”. De esa época también guarda memorias entrañables de su inocencia: “Cuando apareció la televisión, yo era chico, me acuerdo que una familia con un poder adquisitivo más importante tenía una radio grande con luces, y me decían: 'Si te acercas y pones los ojos ahí, vas a ver'. Y me pegaba, no veía nada, te imaginas”.
Palito Ortega: Del sueño en la radio a la fama y las marcas del dolor
Años más tarde, aquellos juegos de imitación se transformaron en una carrera descomunal. Palito Ortega rememoró cómo jugaba a ser su propio presentador frente al espejo: “Yo escuchaba un locutor de radio en Tucumán y decía: 'Y ahora canta Ramón Ortega'. Y después me pasó... En Córdoba me acuerdo una avalancha así de gente, me tiré para atrás tratando de que se calme, y pasó por mi memoria todas las imitaciones que yo hacía de chico y era eso lo que estaba viviendo”.
Palito Ortega y Evangelina Salazar junto a Martín, Julieta, Emanuel, Luis y Rosario.
Esa trayectoria luminosa también convivió con sombras y heridas profundas. Con profunda congoja, el músico recordó la tragedia que marcó a su familia cuando su hermana menor perdió la vida atropellada de niña, un dolor que dejó a su padre mudo de tristeza, y evocó con ternura cómo ella le pedía siempre que le cantara antes de partir. “Cada uno de nosotros tenemos nuestro propio ángel que a veces lo descuidamos un poco, pero siempre está”, reflexionó.
El clan Ortega y el valor supremo de la mesa familiar
La historia dio un giro definitivo cuando, a partir de 1967, Ramón Ortega formó pareja con la exactriz Evangelina Salazar, con quien construyó uno de los linajes más conocidos e influyentes del espectáculo nacional. Juntos criaron a seis hijos que volcaron su talento en diferentes disciplinas artísticas: Martín, Julieta, Sebastián, Emanuel, Luis y Rosario.
Palito Ortega y Evangelina Salazar en el cumpleaños de Sebastián
Al contrastar la escasez de su niñez con el presente rodeado de hijos y nietos, el artista valoró el significado de las pequeñas grandes reuniones: “La mesa familiar es el resumen de todos los amores. Es una linda recompensa cuando vienen todos y verlos jugar, verlos crecer”.
Con la calidez que lo define y una sonrisa cómplice, Palito Ortega alzó la copa para brindar por el camino andado, demostrando que, después de haber cruzado fronteras y llenado estadios, su mayor victoria sigue siendo la paz de los suyos y el calor de un hogar construido con amor. “Lo más importante es haber disfrutado hasta aquí, mucho de los hijos”, cerró, dejando flotando en el aire la certeza de que su leyenda más hermosa es la que late todos los días en familia.
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