Crecemos creyendo que la vida es una sola: la que imaginamos de niños, la que soñamos de adolescentes o la que planificamos al formar una familia. Yo también pensé que mi vida sería siempre igual: criar a mis hijos sola, repetir rutinas, sostener hábitos que ya no me hacían bien. Por dentro, algo me decía que no era por ahí. Sentía que estaba estancada, aunque todavía no sabía cómo moverme.
Con el tiempo entendí que la vida puede dar giros inesperados, y que a veces esos giros empiezan en lo más profundo: cuando una voz interior nos dice que podemos elegir de nuevo. Para mí, esa señal llegó a través del Reiki. Al principio fue un refugio personal, un espacio para encontrar calma en medio del ruido. Pero pronto me di cuenta de que no se trataba solo de una técnica: estaba aprendiendo a mirarme de otra manera, a cambiar pensamientos y emociones, a diferenciar lo que venía de afuera de lo que yo misma me hacía.
Ese fue el inicio de un camino distinto. El Reiki abrió la puerta, y detrás vinieron muchas cosas buenas: la biodescodificación, el trabajo con el niño interior, la meditación. Lo más importante no fueron las herramientas en sí, sino lo que despertaron en mí: la certeza de que mi vida podía cambiar. Y cambió.
Hoy sé que los “clics” existen. A veces llegan como una señal sutil, a veces como una sacudida. No siempre es fácil escucharlos, pero cuando lo hacemos, todo empieza a moverse. El cambio no es cómodo ni inmediato, pero es real. Y nos recuerda algo fundamental: no somos lo que nos pasó, somos lo que decidimos hacer con eso que nos pasó.
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