Durante el embarazo y el primer año después del nacimiento, el cuerpo cambia. Pero no se trata solo de lo físico. Cambia la forma de habitarlo, de mirarlo, de sentirlo propio. Muchas mujeres me dicen en el consultorio: “no me reconozco en el espejo”, “no me siento atractiva”, “siento que mi cuerpo ya no es mío”.
A esto se suma un mandato silencioso pero constante: que este sea el momento más feliz de sus vidas. Que deberían disfrutar, agradecer, emocionarse. Sin embargo, la experiencia real muchas veces es otra. Hay incomodidad, hay desconexión, hay una sensación de extrañeza con una misma que cuesta poner en palabras. Y cuando eso aparece, también aparece la culpa.
La autoestima se ve atravesada. El cuerpo deja de ser un espacio propio para convertirse en un medio: gestar, sostener, responder. Se vuelve funcional, disponible, exigido. Y en ese proceso, muchas mujeres sienten que pierden algo de sí mismas.

Esto también impacta en los vínculos. La relación de pareja cambia, la dinámica cotidiana se reconfigura, y la forma en la que una mujer se percibe —y cree ser percibida— se transforma. No siempre es fácil sentirse deseada cuando una no se siente cómoda en su propio cuerpo.
En una cultura que muestra cuerpos idealizados, maternidades plenas y mujeres que parecen ser felices todos los días, hay poco espacio para estas vivencias. Pero existen. Y son más frecuentes de lo que se dice.
Nombrarlo no es ir en contra de la maternidad. Es hacerla más real. Porque no todas las mujeres la viven desde el disfrute, y reconocerlo es el primer paso para aceptar nuestra manera de sentir.
Dra. Ana Paula Esquenazi
Médica y puericultora
Instagram: @doc.anapaula
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