«Nos estás pidiendo que caminemos y apenas estamos pudiendo atarnos los cordones de las zapatillas», me dice un cliente, director general, durante una sesión de coaching ejecutivo.
La frase me queda dando vueltas. Y me lleva a pensar en algo que atraviesa mi trabajo todos los días: la importancia de comprender los tiempos de las personas y de las organizaciones.
Porque detrás de cada empresa hay personas. Personas que tienen expectativas, miedos, maneras de hacer las cosas que llevan años instaladas y, muchas veces, conversaciones que todavía no encontraron el momento —o el coraje— de tenerse.

Ahí entiendo mi lugar como consultora estratégica. No estoy para decirles cuánto tienen que correr ni para marcarles un ritmo. Estoy para ser un puente, para acompañar ese proceso y ayudar a que las personas puedan encontrarse, conversar, construir acuerdos y trabajar en función de una visión compartida.
Pero hay una frase que para mí resume mucho de lo que sucede en las organizaciones: tu negocio crece al ritmo de las decisiones que estás dispuesto a postergar.
Y qué difícil es, a veces, dejar de postergar. Porque tomar una decisión implica hacerse cargo. Tener una conversación incómoda, revisar una forma de trabajar, poner límites o aceptar que algo que hasta ayer funcionaba hoy ya no alcanza.
Entonces, ¿qué es lento y qué es rápido cuando hablamos de un cambio cultural?
Un cambio de mirada requiere, primero, que quienes lideran estén dispuestos a revisar la propia. No podemos esperar que una organización haga las cosas de otra manera si sus referentes siguen haciendo siempre lo mismo.
Hay dos valores que considero fundamentales para atravesar estos procesos: la disciplina y el compromiso.
La disciplina, porque no podemos depender de estar motivados para hacer lo que sabemos que tenemos que hacer. La motivación va y viene. Hay momentos en los que los resultados aparecen y otros en los que parece que nada se mueve. Y es justamente ahí donde la constancia cobra sentido.

Pero la disciplina necesita un compañero: el compromiso.
Ese compromiso de sostener lo acordado, de hacer lo que dijimos que íbamos a hacer, de involucrarnos de verdad. No solamente cuando las cosas salen bien o cuando vemos resultados, sino también cuando el proceso incomoda, cuando hay que volver a conversar sobre lo mismo o cuando toca tomar esa decisión que venimos esquivando.
Y ese compromiso no puede quedar solamente en los dueños. Necesita ser compartido por quienes lideran y por quienes forman parte de la organización. Porque una visión empresarial no se construye con una sola persona empujando.
Quizás de eso se trata. De entender que no siempre vamos a tener los cordones perfectamente atados. Que habrá cosas por ordenar mientras caminamos y que no todo va a salir como lo imaginamos.
Lo importante es no confundir respetar los tiempos de un proceso con postergar indefinidamente las decisiones que necesitamos tomar.
Porque cambiar una empresa lleva tiempo. Pero comprometerse con ese cambio empieza hoy.
Y vos, ¿estás caminando aun con los cordones mal atados o seguís esperando tener el nudo perfecto para decidirte a avanzar?
LEONELA AGUSTINA COCCO
Contadora Pública | Mat. 4580 CPCCER
Senior Coach Ontológica Ejecutiva y Corporativa | Mat. 2929 AACOP
Consultora Estratégica
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