Te juntás con amigas y la primera pregunta es “¿qué comemos?”. Empezás el lunes con un plan y el viernes ya pensás en todo lo que “vas a poder” comer el finde. Querés cambiar tu cuerpo, pero cada intento termina igual: culpa, la cabeza ocupada todo el tiempo en comida, volver a empezar.
La comida está en el centro de casi todo, y ese no es el problema: comer también es placer, cultura y vínculo. El problema aparece cuando deja de ser una parte más y pasa a ocupar un lugar mental constante. Desde chica escuchaste “eso engorda” o “eso no podés comer” y construiste una lógica donde hay alimentos buenos y malos. Y todo lo que te prohibís, lo deseás más.
Entonces aguantás, te controlás, intentás hacerlo “perfecto”… hasta que en algún momento cedés. Comés eso que evitabas y aparece la culpa. No porque hayas hecho algo malo, sino porque aprendiste a creer que lo es. Y ahí se activa un ciclo: la culpa lleva a la restricción, la restricción al deseo, y el deseo acumulado en algún momento termina apareciendo con más intensidad, desembocando en descontrol. Y el ciclo vuelve a empezar.
Muchas veces, en el medio, la comida aparece como una forma de calmar lo que sentís: estrés, cansancio, angustia o soledad. Y una vez más, la comida no es el problema, es la estrategia que encontraste para gestionar tus emociones.
Yo misma pasé por todo esto y el cambio no vino de hacer más, sino de entender por qué necesitaba controlar lo que comía y qué estaba intentando tapar con eso.
Si te sentís identificada, en vez de prohibirte alimentos, buscá incluirlos de forma consciente y sin extremos. Observá en qué momentos la comida ocupa más espacio en tu cabeza, porque ahí suele haber algo más que necesitás atender (¿una emoción?, ¿cansancio?, ¿una necesidad no registrada?). Y asegurate de estar comiendo lo suficiente durante el día.
Sanar tu relación con la comida no implica más disciplina, sino menos juicio. Implica dejar de clasificar la comida y empezar a escucharte. Porque cuando un alimento deja de estar prohibido, pierde poder sobre vos. Y cuando la comida deja de ser una lucha, deja de ocupar tanto espacio en tu cabeza. Desde ahí, el cambio deja de ser un esfuerzo constante y se vuelve algo que podés sostener.
CONTACTO:
Ludmila Sumbaya - Psicóloga y coach fitness
Instagram: @lulisumbaya
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