Desde hace unas semanas su mirada cambió. Un brillo especial en sus ojos delataba que Iliana Calabro (48) estaba atravesando un muy buen momento. Desde que hace exactamente un año confirmó oficialmente la separación de su marido (Fabián Rossi), después de 23 años de amor, su vida sentimental se había apagado. También un poco su sonrisa. Sin embargo la actriz, cantnte y hábil pastelera, siempre supo salir adelante con el incondicional amor de sus hijos: Nicolás (20) y Stéfano (16). Después de un verano bastante movido en Carlos Paz, recién hace aproximadamente dos meses, Iliana se mostró más relajada. Con el toque mágico que sólo el amor le imprime al rostro de una mujer.
“¡Estoy muy bien! Quizás yo pasé mucho tiempo en una actitud bastante cerrada al amor. Quedé mal después de todo lo que pasó con mi separación y me costaba mucho abrirme a una nueva relación sentimental”, cuenta Iliana con pocas palabras, como aún queriendo guardar para la intimidad su flamante estado.
Feliz estado que comenzó a cambiar cuando ella fue a comer (como lo hace habitualmente) al restó La Stampa, ubicado sobre la calle Salguero, en la zona del Botánico porteño, a sólo unas cuadras de su casa. El lugar, su preferido ya que allí cuenta con el gran cariño de sus dueños —Felice, Franco, Valeria y Maxi Ambrosio, este último ex marido de Marina Calabro, su padre, su hermano y hermana—. Una noche, fue con su mamá Coca y Franco le comentó que un íntimo amigo suyo estaba interesado en ella. El candidato en cuestión, es italiano, se llama Antonello Grandolfo, tiene 47 años, está separado y tiene tres hijos. El menor de los Ambrosio hizo de Celestino y el encuentro se dio, casi por casualidad.
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