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18/09/2016

Empresas y Política

Andy Freire, ministro porteño, en familia

“A mis hijos les inculco el espíritu emprendedor”.

Su frase de cabecera es “hacer que las cosas que pasen”. Ese es el lema que el ministro porteño, Andy Freire intenta inculcarles a sus cuatro hijos, Emilia, Sol , Mateo y Tomás, y profesa a diario desde el área de Modernización, Innovación y Tecnología así como desde el Ente de Turismo de la Ciudad de Buenos Aires que preside.
Autor de diversos libros acerca del emprendedurismo, uno de sus proyectos más recordados es Officenet, empresa que luego vendió a la multinacional Staples. El modelo de negocios fue seleccionado como caso de estudio por la Harvard Business School y convirtió a Freire en un referente en la materia.
Ese camino lo llevó a conocer a Horacio Rodríguez Larreta, quien a fines del año pasado le ofreció ser ministro. Aunque nunca había trabajado en relación de dependencia, aceptó por su confianza en el jefe de Gobierno porteño y, desde entonces, se empeñó en innovar en un ámbito poco habituado a los cambios.
A nueve meses de haber asumido en su cargo, confiesa que el balance es altamente positivo. Sólo se lamenta por el tiempo que le quita a su mujer, Romina, y a sus hijos, algo que intenta compensar en desayunos y cenas que considera momentos sagrados para la vida familiar.
En el Eco Parque que reemplazo al zoológico porteño con proyectos de conservación de las especies, menor participación de los animales y mayor uso de tecnología aplicada a la educación, Freire posó con su esposa y sus hijas menores y habló de cómo compensar la exigente agenda de la función pública con el tiempo de calidad en familia.

—¿En qué consiste el proyecto del EcoParque?
—Lo más interesante del proyecto es que hace 140 años que ese lugar no se tocaba. En ese entonces, por las menor dimensión de la ciudad, quedaba en las afueras. El problema es que al crecer tanto Buenos Aires, este lugar quedó en el medio de la ciudad. Lo segundo es que la idea de los animales en cautiverio como método educativo es un modelo retrogrado que es lo que nos impulsó a querer hacer este cambio. La frase que siempre uso es que el precio que los nimales pagan para educar a nuestros hijos es inaceptable. Hoy hay maneras muchos más modernas de educar a nuestros hijos sobre Medio Ambiente, fauna y un montón de cuestiones, sin la necesidad de tener animales en cautiverio. Hoy la tecnología, la interactividad, la educación ambiental deben reemplazar a los 1500 animales enjaulados.

—Dentro del EcoParque, ¿qué aspectos destaca?
—Hicimos visitas concientes. Pusimos un límite de 2000 visitas diarias por día y no se vende más alimento para los animales, y algunos los sacamos de exhibición porque sufren de estrés. También invitamos a ONGs del mundo medioambiental para que puedan tener un stand y mostrar sus productos. Entre ellos, vino Gino Tubaro, que hace prótesis con impresoras 3D, para que hiciera impresiones de animales para que la gente vea cómo funciona. Y también vallamos algunas secciones como la orangutana Sandra. También hicimos una convocatoria de participación ciudadana donde se presentaron más de 24000 propuestas para que los ciudadanos digan qué se imaginan de ese parque, desde un lugar de recuperación de tráfico de animales, el fomento de energías alternativas, programas de recuperación de cóndores, espacios de realidad virtual con visores 3D para hacer un safari. Esas propuestas las elevamos a paisajistas y urbanistas que las traducirán en proyectos concretos.

—¿Cuál es la premisa para la educación de sus hijos?
—Tengo cuatro hijos: Tomás –quien estuvo en Rosario del Tala trabajando con zonas vulnerables—, Mateo, Sol y Emilia. Lo que trato de inculcarles es entender que emprender no es sólo armar un proyecto privado sino que tiene que ver con una filosofía de vida que implica hacer algo por mejorar lo que te rodea. Lo que les digo es que si ven algo alrededor suyo que no les gusta, no se queden en la queja, sino que hagan algo para mejorarlo y cambiarlo. Ese es el espíritu que trato de transmitirles desde muy chiquitos. Otra cosa que hago es armar espacios en familia, compartir la mesa todos juntos, que los desayunos y las cenas sean momentos sagrados. Ahora con la función pública estoy faltando un poco a las cenas, pero trato de cenar en familia un mínimo de tres veces por semana, para honrar ese espacio. Hacemos una ronda de charlas donde cada uno cuenta cómo está, cómo le fue en la escuela, qué aprendió, qué cosas lindas le pasaron y qué cosas no lindas. La de 6 tiene la misma voz que cualquier otro. Tiene que ver con el valor de la familia y ver qué cosas les pasaron que no le gustaron y ver qué se puede hacer para cambiarlas. También tiene que ver con promover el emprendedurismo en la vida cotidiana. El verdadero emprendedor no es el que arma un proyecto sino el que vive de una manera no conformista tratando de mejorar su entorno y su vida.

—¿Qué recuerdos tiene de su infancia?
—Cuando tenía 7 años, fui a mi papá y le dije que quería ser mi propio jefe y hacer mis proyectos. Y mi viejo, que era médico especialista en amputados y sabía tanto de emprendimientos como yo de baile clásico, me dijo que tenía que ser contador. Crecí creyendo que para ser emprendedor tenía que ser contador. Por suerte, ajusté a tiempo y me formé como economista, pero desde chico sabía que quería construir proyectos y hacer que las cosas pasen, ese es mi lema. En mi oficina tengo un gran cartel que dice “Hacer que las cosas pasen”, en una pared gigante. Para mí es nuevo esto de ser funcionario y lo veo con un espíritu de servicio de traer a lo público la impronta emprendedora y ponerla al servicio de la gente. El proyecto Eco Parque tiene que ver con eso. Horacio (Rodríguez Larreta) está súper comprometido con el proyecto y me da mucho impulso en ese sentido.

—Para usted que promueve el emprendedurismo como un camino hacia la libertad, ¿vive como un contrasentido haber aceptado trabajar en relación de dependencia?
—Nunca en mi vida pensé que iba a trabajar en relación de dependencia. Pero Horacio es un jefe que te da una libertad, poder y una invitación a pensar en grande, a innovar y crear cosas tan enormes que no siento ninguna pérdida de libertad sino un gran apoyo. Si hubiera sido otro no sé si hubiera aceptado, pero con él me sentí muy cómodo. Así se lo dije. Ya va casi un año y fue todo de mucho disfrute.

Por Diego Esteves.
Fotos: Ernesto Pagés.

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