En la adolescencia es normal que existan peleas y conflictos entre amigos. ¿Cuándo un desacuerdo deja de ser parte del crecimiento y pasa a convertirse en una situación preocupante para los adultos?
Cuando los chicos sufren. Las peleas, desacuerdos, conflictos, son esperables. Pero cuando uno ve que su hijo está sufriendo por una situación, que perdió la alegría, que está solo (por autoprotección o por haber sido excluido), la situación toma otro tinte.
En muchos grupos sucede que, después de un conflicto, todo el grupo termina poniéndose en contra de un solo chico. ¿Por qué ocurre este fenómeno?
En general, sucede por un proceso propio del funcionamiento del grupo, y del desarrollo adolescente.
Desde la psicología social, sabemos que las personas tenemos una necesidad muy fuerte de pertenecer. Y justamente, entre los 11 y los 18 años, el grupo al que más importancia se le da, es el grupo de pares.
Muchas veces sucede entonces un proceso llamado “conformidad grupal”: los chicos excluyen a alguien que es señalado como culpable, no por estar en contra de esa persona, sino por temor a perder también ellos su lugar en el grupo. El pensamiento es “mejor no le hablo, porque si lo hago, quizás me expulsan a mi también”.
Sumado a esto, muchas veces se coloca a alguien en el lugar de chivo expiatorio: se deposita en un integrante la responsabilidad de todos los malestares.
¿Cómo pueden los padres transformar un conflicto entre adolescentes en una oportunidad de aprendizaje y crecimiento para sus hijos?
Hay dos distinciones claves, que son fundamentales para hablar con los chicos después de haberlos escuchado con mucha apertura.
Primero, todos nos equivocamos. Sus amigos o compañeros pueden haber cometido errores. Y puede que ellos también estén en ese lugar alguna vez. Que puedan recordar errores antiguos y pensar cómo se sentirían si por eso los hubiesen dejado de lado, puede ayudarlos a bajar el nivel de conflicto.
Segundo, todas las personas tenemos derecho a elegir con quienes vincularnos. Pero eso no nos da derecho a lastimar. Ellos pueden elegir si continúan o no una amistad. Decir cosas hirientes, dedicar estados de wsp o decirles a otras personas que no se vinculen con el “ex amigo” en cuestión, es sumamente doloroso para el otro.
En caso de que sea su hijo quien está sufriendo las consecuencias, trataría de que, si la situación lo amerita, puedan reparar su error - conversar, disculparse si hace falta- y tomar el aprendizaje para otras
relaciones.
Luego, que piensen qué tipos de vínculos quieren tener y si realmente quien está del otro lado es merecedor de esa amistad.
Si pudiera darles una recomendación a las familias para afrontar este tipo de situaciones, ¿cuál sería?
Sé refugio. Mostrale tu apoyo y compañía mas allá de lo que haya pasado. Hoy no necesita un sermón, sino una oreja y un abrazo
contenedor.
Escuchá atentamente. Y cuando lo notes mas abierto, ayudalo a pensar qué actitud tomar.
No asumas que tu hijo es quien tiene la verdad, muchas veces hay mil campanas y todas son ciertas.
Alentalo a que resuelva personalmente -no por medio del celu- con quien debe resolver, sin involucrar a otras personas.
Enseñale que poner un límite no implica destruir al otro.
El objetivo no es ganar la pelea, sino enseñar habilidades para toda la
vida.
Que aprendan a:
- sostener un desacuerdo;
- pedir perdón cuando corresponde;
- reparar un vínculo;
- aceptar que algunas amistades terminan;
- elegir con quién quieren relacionarse sin destruir a quien quedó afuera.
Esto convierte una situación que nadie desea ni busca, en un aprendizaje enorme.
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