Desde la terapia cognitivo conductual decimos que las demandas terapéuticas se dividen en tres grandes grupos: trastornos mentales y sintomatología asociada, crisis vitales y desarrollo personal.
Cuando un profesional le consulta al paciente por los motivos de consulta, muchas veces se tiende a usar adjetivos calificativos para describirse a sí mismo: soy inseguro, soy perfeccionista, me sobreexijo mucho, me autoboicoteo, soy impulsivo, me cuesta tomar decisiones…
Es muy importante que sepamos distinguir cuáles de esas cualidades implican un problema a ser resuelto y cuáles son simplemente rasgos de personalidad. Si tomamos de ejemplo el “ser impulsivo” nos preguntamos: ¿ser impulsivo te puso en problemas? ¿Estuviste en riesgo a causa de tu impulsividad? Si la respuesta es no, tal vez no estemos hablando de algo a resolver. Es fundamental que nos saquemos el chip de patologizar cualquier cosa y armar un diagnóstico rebuscado prácticamente por cualquier comportamiento que nos llame un poquito la atención.
No todos los pacientes que van a llegar a la consulta van a tener un diagnóstico que represente un trastorno mental, lo cual no significa que no es pertinente para el espacio, porque su consulta puede estar asociada a una situación personal que le haya afectado o a la dificultad de esclarecer metas a futuro.
Es común preguntarse uno mismo: “¿realmente necesito terapia? ¿para qué? Esto se me va a pasar solo.” Muchas veces el tiempo lo cura todo, pero ¿qué tal si durante ese período nos damos el mimo de pedir ayuda para que podamos tolerarlo de la mejor forma posible?
En conclusión, cualquiera de nosotros puede hacer terapia si lo consideramos necesario, incluso si queremos probar la experiencia. Jamás estará de más.
Lic. Camila Kessler. MN 78121 - MP 190123
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