"Me cuesta mucho recibir halagos", me dijo Eugenia la primera vez que nos vimos. Una mujer hermosa, radiante, risueña, que cargaba sobre sí la historia que se contaba.
La belleza era para ella sinónimo de dolor y abuso. Eso se había dicho durante años y se lo había creído con tanta convicción, que cada vez que recibía un halago sentía incomodidad, enojo, indiferencia, desconfianza, y respondía en consecuencia.
Cuando comenzamos a escribir su libro en Mentoría Literaria Ser Palabra, y este patrón apareció una y otra vez, pudo hacer consciente la historia que se había contado durante toda la vida, desde la primera vez que había sido vulnerada. Eso no sólo la había desconectado de su belleza, sino de su capacidad de recibir, para evitar el dolor de había cerrado.
Ese es el poder que tienen las palabras en nuestras vidas, pueden erigirnos o voltearnos, enaltecernos o destruirnos, depende de nosotros.
Cuando eso que nos decimos se vuelve repetitivo, no solo se transforma en un patrón sino que nuestro cerebro lo graba y almacena, entonces la próxima vez que vive una situación similar, en el caso de Eugenia recibir un halago, se activa ese circuito y responde en consecuencia, ante la posible amenaza, activa las alertas para preservar la vida.
Entonces les pregunto ¿Qué historias nos estamos contando? ¿Somos conscientes de las palabras que nos decimos? ¿Son palabras de amor o de miedo?
¿Construyen o me tiran para abajo?
Tomar consciencia de ello, puede ser un primer paso para marcar la diferencia, no solo en lo que nos decimos, sino en cómo vivimos y en quiénes elegimos ser a partir de aquellas palabras. ¿Elijo ser un Ser de Amor o de Miedo? ¿Qué palabras elijo decirme hoy para vivir en un estado de mayor plenitud y bienestar?
Te leo.
Laura Costa
@laurita.costa.ok
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