Volver al trabajo después de tener un bebé no es simplemente retomar una rutina: es atravesar una de las transiciones más intensas de la maternidad. El cuerpo todavía está en proceso, las emociones a flor de piel y el vínculo con ese bebé es, muchas veces, lo único que se siente verdaderamente propio y seguro. En ese contexto, la lactancia no es solo alimento: es calma, es encuentro, es continuidad.
Sin embargo, cuando aparece la vuelta al trabajo, esa lactancia empieza a tensarse. Los tiempos dejan de ser propios, las demandas externas crecen y lo que antes fluía empieza a requerir planificación, esfuerzo y, muchas veces, resistencia. Para muchas mujeres, sostener la lactancia implica extraerse leche en horarios rígidos, organizar heladeras, transportar bolsitas, explicar una y otra vez por qué necesitan frenar unos minutos.
Desde su labor como puericultora, Jimena Tolone (@jime.puericultoralaplata) acompaña a muchas madres en este proceso. Escucha sus dudas, sus miedos y también su agotamiento. Juntas construyen estrategias posibles, reales, adaptadas a cada contexto. Pero hay algo que se repite: cuando el entorno no acompaña, todo se vuelve cuesta arriba. Porque no alcanza solo con la información o el deseo.
Y ahí aparece una gran deuda: no todas las mujeres cuentan con condiciones reales para hacerlo posible. Las licencias por maternidad suelen ser insuficientes para acompañar los tiempos biológicos y vinculares. Los lactarios, aunque contemplados en algunas normativas, no siempre existen o no están en condiciones adecuadas. Y muchas veces, lo que falta no es solo infraestructura, sino una cultura laboral que comprenda, respete y acompañe.
Porque no, extraerse leche en un baño no es una opción digna. No debería serlo. Tampoco debería ser motivo de incomodidad, culpa o justificación constante. Sostener la lactancia no puede depender únicamente de la voluntad individual de una madre que ya está haciendo un enorme esfuerzo.
Hablar de lactancia y trabajo es, necesariamente, hablar de derechos. De políticas públicas que acompañen, de instituciones que se comprometan y de entornos que entiendan que cuidar también es parte de lo productivo. No se trata de privilegios, sino de condiciones básicas para que las decisiones puedan ser verdaderamente libres.
Acompañar a una madre en este proceso es también cuidar a ese bebé, a ese vínculo y a esa primera infancia que se está construyendo. Porque cuando una mujer vuelve al trabajo, no deja de maternar. Solo necesita, más que nunca, una red que esté a la altura.
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