La partida de Chunchuna Villafañe el pasado 4 de junio, a los 92 años, sumerge a su hija, la reconocida artista Juana Molina, en un profundo proceso de introspección. A través de sus redes sociales, la compositora comparte los sentimientos encontrados que la atraviesan en estos primeros días sin su madre, marcados por la ausencia y la revisión de los momentos compartidos en el tramo final.
La artista expresa su desconcierto ante la naturaleza de sus propias emociones, confesando que no esperaba vivenciar este dolor de esta manera. En sus palabras, aparecen los reproches internos y el análisis detallado de las instancias de despedida, evidenciando una sensibilidad que intenta procesar lo inevitable.
El peso de las ausencias y los rituales según Juana Molina
En un relato cargado de honestidad brutal, Molina contrasta la muerte de su padre con la de su madre, señalando las diferencias en sus vivencias personales. Admite que, en esta ocasión, permaneció cerca pero sintió que su presencia no bastaba para mitigar su perplejidad, lamentando no haber profundizado en ciertos rituales que quizás le hubieran brindado mayor consuelo espiritual durante la transición de Chunchuna.
La música y las artes aparecen como refugios para intentar canalizar la angustia, citando incluso a Borges para poner en palabras la sensación de pérdida. El hecho cotidiano de no poder ingresar a la casa materna, cuyas llaves dejaron de funcionar, simboliza para ella el cierre definitivo de un ciclo y la imposibilidad de retomar los vínculos físicos que daban sentido a la cotidianeidad.
Juana Molina: Entre la angustia y la memoria
Las conversaciones largas e ininterrumpidas con su madre ocupan un lugar central en este recuerdo, un hábito que Juana hoy echa de menos con vehemencia. La preocupación de Villafañe por el destino de sus pertenencias se traslada ahora a su hija, quien observa cómo los objetos cotidianos adquieren un peso emocional imprevisto ante el vacío de su dueña.
A pesar de la desolación, la artista busca consuelo en el presente inmediato, refugiándose en el vínculo con su propia hija. Este proceso de sanación, que Juana Molina confía que ocurrirá con el paso del tiempo, encuentra en la escritura un modo de sostener la memoria de una mujer que marcó profundamente su vida y la cultura argentina.
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