El arte abstracto: cuando cada mirada completa la obra
Caro Matalón, creadora de Arte con Alma, reflexiona sobre la relación entre el arte abstracto, la psicología y la percepción personal, y cómo cada espectador puede encontrar un significado diferente frente a una misma obra.
Una obra no termina cuando dejo el pincel o la espátula. Encuentra su fin en cada una de esas miradas que se detienen a observarla.
Hay algo del arte abstracto que me apasiona especialmente: no decirle al otro qué tiene que ver.
Cuando observamos una imagen concreta, nuestra mirada suele encontrar rápidamente una referencia común: una casa, un árbol, un rostro. En cambio, frente a una obra abstracta, no hay una única respuesta. Cada persona puede encontrar algo diferente, algo que quizás necesita ver, que le despierta un recuerdo, una emoción o simplemente la deja imaginar.
Y ahí es donde, para mí, el arte y la psicología empiezan a encontrarse.
Durante mi formación como psicóloga me interesaron especialmente los llamados test proyectivos, en los que, frente a determinadas imágenes, cada persona puede realizar asociaciones diferentes y proyectar aspectos de su propia manera de percibir y sentir. No se trata de que exista una única imagen “correcta”, sino de comprender qué sucede con aquello que cada uno construye a partir de lo que observa.
Algo parecido puede suceder frente a una obra abstracta.
Siempre recuerdo una pregunta que leí durante mi formación y que tengo presente: ¿es real la realidad? Porque nuestra percepción también es subjetiva. Vemos el mundo desde nuestra propia historia, nuestras experiencias, emociones y pensamientos. Como dice la psicología social, “el mundo se nos presenta filtrado”.
Por eso siento que una obra abstracta no pertenece solamente a quien la crea. El artista puede tener una intención, una emoción o una historia detrás de cada obra, pero cuando el cuadro llega a otra persona, comienza una nueva historia.
Una vez terminé una pintura y mi marido la observó. Me preguntó: “¿Vos viste que hay un pavo real?”. Yo no lo había visto. Cuando me lo señaló, pude encontrarlo claramente: estaba ahí, perfectamente reconocible, aunque jamás había sido mi intención pintarlo. Y lo más interesante fue que no todas las personas que miraron la obra lo encontraron.
Ese momento me confirmó algo que siento cada vez más: el cuadro también se transforma con la mirada de quien lo observa.
Tal vez esa sea una de las grandes maravillas del arte abstracto: permitirnos detenernos, imaginar, sentir y encontrar algo propio en una obra que nació de alguien más.
Porque, en definitiva, una pintura puede tener un autor. Pero su significado también puede ser una creación compartida.
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