En algunos casos, esta desconexión es una decisión consciente. En otros, surge de manera automática como respuesta a experiencias estresantes, pérdidas, exigencias laborales intensas, incluso autoexigencia. Con el tiempo, la anestesia emocional puede adoptar formas socialmente aceptadas y hasta valoradas: mantener una agenda permanentemente ocupada para no detenerse a sentir, refugiarse en el trabajo como única fuente de identidad, consumir compulsivamente redes sociales o entretenimiento para evitar espacios de reflexión, o sostener una imagen de fortaleza constante que no deja lugar a la vulnerabilidad.
El desafío es que las emociones no funcionan de manera selectiva. No podemos apagar únicamente aquellas que nos resultan incómodas. Cuando intentamos evitar el dolor, también reducimos nuestra capacidad para experimentar entusiasmo, gratitud, amor, pasión, alegría y conexión con los demás. En consecuencia, la vida puede comenzar a sentirse más plana, automática y distante.
Desde el coaching, la anestesia emocional puede entenderse como una estrategia de supervivencia que, si se mantiene en el tiempo, limita el desarrollo personal. Las emociones cumplen funciones fundamentales: informan sobre nuestras necesidades, alertan cuando se vulneran nuestros límites, orientan nuestras decisiones y favorecen el aprendizaje. Ignorarlas implica perder una fuente valiosa de información sobre nosotros mismos.

Esta desconexión también impacta en el entorno laboral, afectando la creatividad, la innovación, la gestión de conflictos y el compromiso. En las relaciones humanas se observa distancia afectiva, dificultad para expresar necesidades, evitación de conversaciones importantes y la aparición de malentendidos frecuentes.
Cuando dejamos de escuchar nuestras emociones, también se debilitan recursos esenciales como la intuición, la empatía y la capacidad de adaptación. No se trata de ausencia de sentimientos, sino una dificultad para acceder a ellos y expresarlos.
Como Coach no busco diagnosticar, sino acompañar procesos de conciencia y transformación. A través de la observación personal, invitando a explorar qué sentimos, qué evitamos sentir, qué patrones repetimos y cuáles son los costos de sostener esas estrategias.
Como expresó Carl Rogers: “La curiosa paradoja es que cuando me acepto tal como soy, entonces puedo cambiar”. La conciencia es el primer paso hacia cualquier transformación sostenible. La verdadera fortaleza no consiste en endurecerse frente a la vida, sino en atravesarla con mayor presencia, responsabilidad y apertura.
Mónica N Salvaneschi I Máster Coach Ikigai
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