jueves 19 de marzo del 2026

Cuando el otro no cambia, ¿qué hacemos?

Por Aldana Lea Redondo y Natalia Mara Sganga – Psicólogas y Directoras de PsiCoincidir. Galería de fotosGalería de fotos

Cuando el otro no cambia, ¿qué hacemos?
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Hay una escena muy común en los vínculos: esperar. Esperar que el otro entienda, que reaccione, que registre, que cambie. Esperar que algún día haga eso que tanto necesitamos. Y en esa espera, muchas veces, aparece algo inevitable: la frustración.

Porque cuando el otro no cambia, no solo nos enojamos con esa persona. También se rompe algo más silencioso: la expectativa que habíamos construido.

Nos angustia, nos irrita, nos decepciona. Y es lógico. Cuando imaginamos un vínculo, lo hacemos con ciertas ideas de cómo debería ser. Pero la realidad, como suele pasar, no siempre coincide con lo que esperábamos.

Entonces aparece una pregunta incómoda pero necesaria:
¿qué está bajo nuestro control y qué no?

El comportamiento del otro, su forma de ser, sus tiempos, sus limitaciones… todo eso queda por fuera de nuestro control. Y ahí empieza uno de los trabajos más difíciles: aceptar.

Aceptar no es resignarse ni conformarse con cualquier cosa. Es, primero, ver con claridad. Dejar de mirar al otro desde lo que podría ser y empezar a verlo desde lo que efectivamente es.

Porque muchas veces no nos vinculamos con la persona real, sino con una versión idealizada. Con eso que creemos que podría llegar a ser “si cambiara un poco”. Y esa ilusión, aunque al principio sostiene, en algún momento cae.

No existe la complementariedad perfecta. No existe la media naranja. No hay alguien que venga a completarnos sin fisuras. Los vínculos reales están hechos de diferencias, de desacuerdos, de límites. Y lejos de ser un problema, eso también puede ser parte de lo sano.

Ahora bien, cuando el otro no cambia, podemos hacer algo distinto: corrernos de la exigencia de transformación y empezar a preguntarnos por nosotros.

¿Qué me pasa con esto?
¿Esto me pesa mucho o poco?
¿Es algo que puedo negociar o es un límite importante para mí?

No todas las conductas tienen el mismo impacto. Algunas incomodan, pero se pueden hablar, negociar, acomodar. Otras, en cambio, tocan algo más profundo y se vuelven difíciles de sostener.

Ahí es donde aparece una decisión interna: ¿puedo aceptar esto tal como es?

Y aceptar implica también hacernos cargo de lo que eso genera. Porque incluso cuando elegimos quedarnos, las emociones siguen apareciendo. El enojo, la tristeza, la frustración no desaparecen por decreto.

Por eso el trabajo no es solo con el otro, sino con uno mismo: aprender a regular lo que sentimos, a entender de dónde viene, y a ponerlo en perspectiva.

A veces ayuda preguntarnos:
¿qué gano en este vínculo además de lo que me molesta?
¿Qué cosas sí me nutren, me acompañan, me hacen bien?

No para justificar lo que duele, sino para mirar el vínculo en su totalidad.

También es importante diferenciar algo clave: no es lo mismo amar desde la necesidad que desde el deseo.

Cuando amamos desde la necesidad, de ser validados, de no estar solos, de tapar vacíos, el otro se vuelve imprescindible. Y en ese lugar, cualquier falla pesa el doble.

En cambio, cuando hay deseo, hay elección. El otro no viene a completarnos, sino a acompañarnos. Y eso cambia completamente la forma en la que habitamos el vínculo.

Quizás, entonces, no se trate de encontrar a alguien perfecto ni de esperar cambios constantes. Tal vez se trate de algo más realista, y también más desafiante: aceptar que el otro, con sus falencias, puede igual ser alguien con quien compartir la vida.

O tal vez no.

Porque también es válido reconocer cuándo algo nos duele demasiado, cuándo deja de ser negociable, cuándo ya no queremos adaptarnos a eso.

Cuando el otro no cambia, la pregunta no es solo sobre él.
Es, sobre todo, sobre nosotros.

Y ahí, en esa respuesta, hay algo profundamente propio: elegir si seguimos, cómo seguimos, o si es momento de soltar.

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