No me refiero a esos minutos en los que esperabas un turno mientras mirabas el celular. Me refiero a aburrirte de verdad. A quedarte sin estímulos, sin pantallas, sin llenar inmediatamente ese espacio con otra cosa.
Tengo la sensación de que cada vez toleramos menos esos momentos. Apenas aparece un silencio, ponemos música. Si tenemos unos minutos libres, abrimos una red social. Si terminamos de ver una serie, enseguida empezamos otra.
Muchas veces hacemos varias cosas al mismo tiempo: trabajamos mientras respondemos mensajes, miramos algo mientras revisamos el teléfono, intentamos descansar mientras pensamos en todo lo que todavía nos falta hacer. Como si cualquier espacio vacío necesitara ser ocupado. Como si el aburrimiento fuera una experiencia que evitar a toda costa. Me pregunto si el problema no será justamente ese.

Aburrirse siempre tuvo mala prensa. Lo asociamos con perder el tiempo, con ser improductivos o con desaprovechar el día. Incluso solemos decir, casi con culpa: “Hoy no hice nada”. Pero, ¿de verdad no hicimos nada? ¿O simplemente hicimos algo que habíamos dejado de considerar valioso?
Descansar. Contemplar. Pensar. Mirar por una ventana. Caminar sin un objetivo específico. Dejar que una idea aparezca sin buscarla.
Cuando era chica, solía pasar un largo tiempo acostada debajo de un árbol mirando cómo se movían las hojas. No había un objetivo. No había un resultado que alcanzar. Era simplemente estar ahí. Y quizás esa imagen hoy nos resulte cada vez más extraña. Porque vivimos en una época donde parece que cada momento debería ser aprovechado.
Tenemos que producir, aprender, mejorar, responder, avanzar. Como si nuestro tiempo sólo tuviera valor cuando produce un resultado. Pero pocas veces nos preguntamos qué perdemos cuando eliminamos todos esos espacios donde aparentemente no pasa nada. Porque cuando el ruido baja, muchas veces empiezan a aparecer otras cosas: pensamientos, preguntas, recuerdos, ideas y emociones que quizás no estaban encontrando su lugar.

Muchas veces algunas ideas aparecen mientras caminamos, nos bañamos o miramos por una ventana. Pero solemos justificar estos momentos desde la productividad, pensando que uno descansa para rendir más o se desconecta para concentrarse mejor después. Como si debiéramos demostrarnos que nuestro tiempo de descanso necesitara tiene otros fines.
Estos momentos tienen valor, aunque no se pueda medir qué producen. A veces la mente necesita estos espacios para conectar aquello que en medio del ruido cotidiano pasa desapercibido.
Quizás el aburrimiento no sea ausencia. Quizás sea un espacio disponible. Un momento donde dejamos de ser influenciados por los estímulos externos y tenemos la posibilidad de encontrarnos.
No creo que necesitemos romantizar el aburrimiento. Pero tal vez sí recuperar su valor. Porque no todo tiempo que no produce ningún resultado es tiempo perdido. A veces, aquellos momentos en los que consideramos que no hicimos nada son justamente los espacios donde algo empieza a construirse.
La cuestión no es cómo evitamos el aburrimiento. La pregunta quizás sea: Si cada momento libre necesita ser ocupado, ¿en qué momento nos encontramos con nosotros mismos?
Lic. Érica Roldán
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