Seguramente lo dijiste alguna vez frente a la falta del otro, ante ese gesto que no llegó: “es tan fácil hacerme feliz”.
En el consultorio lo escucho a menudo:
—No entiendo cómo no lo hace.
—¿Qué le cuesta?, agregan algunos pacientes.
—Con nada, me hace feliz.
Recuerdo a una paciente que, entre la bronca y la tristeza, me contaba:
—Sabe que amo los desayunos en mi cumpleaños, se lo he dicho. No hace falta que mande a hacer uno; con mi masita preferida y un té ya estoy feliz. Con nada soy feliz.
Pero ese nada no era real.
Porque cuando él le decía:
—¿Solo por un desayuno te ponés así?, ese nada implicaba haberla escuchado, prestarle atención, sentirse mirada. Implicaba presencia.
Algo que tuvo que aprender a comunicarle a su pareja. Luego, con el tiempo, comprendió que no solo se trataba de aquello, sino de algo más profundo: había depositado en el otro la responsabilidad de hacerla feliz, de demandarle todo el amor que le había faltado.
Aprender que era ella quien debía hacerse feliz y amarse primero fue un proceso largo.
Eso implicó elegir vínculos que pudieran escucharla, pero también aprender a pedir lo que necesitaba y, sobre todo, aprender a correrse cuando el otro no podía —o no quería— amar como ella necesitaba ser amada.
Incluso implicó mimarse sola: un masaje, un paseo, un gesto propio que le devolviera bienestar.
Pero en ese recorrido apareció otra pregunta:
¿ese “con tan poco soy feliz” escondía una creencia más profunda sobre lo que sentía merecer?
A veces, pedir poco no tiene que ver con necesitar poco, sino con haberse acostumbrado a valer menos.
Con el tiempo relató que él no siempre había sido así.
Al principio era atento, detallista. Se sentía amada, mirada. Le escribía cartitas, le preparaba los mates con un beso en la frente.
Pero algo cambió.
—Me estafó —dijo una tarde, dolida—. Me mostró algo que no era.
Antes, él la dejaba servirse primero, elegía la gaseosa que a ella le gustaba, le ofrecía la porción más grande.
Después, todo se invirtió: solo le alcanzaba la cuchara, elegía la bebida que prefería, cebaba los mates con fastidio mientras miraba el celular.
—Yo sé que me ama igual —decía—, pero no como yo necesito que me amen. Me gustaba el de antes.
Y entonces le dije:
—Tal vez sí te estafó. Pero también podés dejar de estafarte vos, esperando que alguien vuelva a ser quien ya no es… o quizá nunca fue.
Porque la verdadera estafa no está en lo que el otro promete, sino en lo que uno decide seguir creyendo y sosteniendo.
Aprender a hacerse feliz implica dejar de esperar que el otro complete lo que falta.
Es reconocer que el amor que buscamos no puede venir siempre de afuera y que el modo en que nos tratamos a nosotros mismos marca, muchas veces, la forma en que los demás también lo harán.
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