Un ejemplo muy elocuente para ir entrando en la función neptuniana es cuando te subís al subte, 8 de la mañana, hora pico. Primero le metés un fua para conseguir tu espacio, que te arruina. Acto seguido, seguís sosteniendo el esfuerzo porque no querés que se te vengan encima. Llega un momento en que, por agotamiento, te calmas: empezás a soltarte, reposas en uno, en otro, y entrás en la “danza de la masa”, que va amortiguando los abruptos del conductor y no te deja caer. He aquí la propuesta fundamental de Neptuno: entregarse y dejarse llevar.
Nos cuesta percibir que no todo sucede gracias a nuestra fuerza de voluntad. Hay situaciones que exceden nuestro control y no podemos forzar: toca esperar y hacer la plancha. Neptuno, como regente de Piscis, nos brinda la sabiduría de la inacción como herramienta: dejar de ofrecer resistencia y “entrar en flow”, como en la filosofía zen, donde la pasividad no es sinónimo de debilidad, sino una forma de alinearse con el flujo natural de la vida.
Muchas veces, la única forma de “neptunizarnos” (ablandarnos) es a través del cansancio, la enfermedad o el retiro. Es en esos momentos de forzosa vulnerabilidad cuando cedemos las riendas de verdad.
Los paradigmas neptunianos tienen que ver con lo inefable: no hay palabras para explicar lo que sentimos ante un atardecer o la tristeza que nos inunda cuando vemos imágenes de genocidios. Aunque estemos del otro lado del mundo o en otro momento de la historia, esas imágenes nos atraviesan.
Con Neptuno, las barreras espacio-temporales se desvanecen. Podemos añorar un amor del pasado, del futuro, vivo o muerto… no hay límites ni lógica racional. Neptuno es la sustancia de los sueños, donde podemos experimentar lo infinito de nosotros viviendo la fantasía como real. Representa los espacios donde nos relacionamos con lo inalcanzable y lo platónico.
Considero saludable sostener una relación con nuestras fantasías, porque es el puente hacia la imaginación y nos deja disponibles para vivir experiencias de orden extraordinario.
En términos psicológicos, todo planeta situado después de Saturno se nos presenta como caos creativo, psíquicamente desorganizante. Vivimos la energía transpersonal como un impacto que amenaza la identidad consciente.
Los planetas transpersonales buscan amplificar las dimensiones del Yo integrando más aspectos de sí mismo. Si la apertura es a través de Neptuno, las fronteras egoicas que nos definen se derriten: el Yo se vuelve poroso, flexible. Neptuno nos hace sensibles a la totalidad circundante.
Un tránsito de Neptuno puede facilitar un momento para reconocernos más compasivos, perdonar o despedir situaciones. Si transita sobre el Saturno natal, quizá la figura paterna se desvanezca y volvamos a llorar, porque Neptuno está hecho para desbordarnos. Disuelve la fantasía de separatividad y suaviza el miedo a las diferencias.
Actúa desde una cualidad simbionte, donde todos los elementos del universo coexisten en una red de amor inteligente. Imaginen si pudiéramos caminar por la calle y ver solo el corazón latiente de los seres: tu historia, moralidad, posición social… nada de eso es relevante.
Con Neptuno siempre estás dentro; es “all-inclusive”, como en Piratas del Caribe: “parte de la tripulación, parte del barco”.
Fernanda Rodríguez
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