Durante mucho tiempo se sostuvo la idea de que el amor debía sentirse intenso: urgencia, magnetismo, una mezcla de atracción y ansiedad que parecía confirmar que algo importante estaba ocurriendo. Sin embargo, en los vínculos actuales, esa intensidad muchas veces no es señal de amor, sino de un sistema nervioso activado frente a la falta de claridad.
Un mensaje que tarda horas en llegar.
Una conversación que parece profunda, pero nunca termina de definirse.
Y esa sensación corporal conocida: expectativa, ansiedad, tensión.
Hoy es frecuente que los vínculos comiencen con una sensación de cercanía que se diluye rápidamente. Lo que suele leerse como “química” es, en muchos casos, una respuesta fisiológica a la ambigüedad. Cuando el entorno vincular no es previsible, el cuerpo entra en alerta.

Desde la práctica clínica observo que esta intensidad no siempre es un problema de la persona, sino una respuesta adaptativa. Vivimos en una cultura de vínculos difusos: relaciones con intercambio emocional, pero sin acuerdos ni sostén. Frente a la inconsistencia, el sistema nervioso se activa para protegerse.
No es que alguien sea “demasiado intensa”.
Es que su cuerpo reacciona ante la inestabilidad.
En este estado, no se conoce al otro con claridad: se reacciona. Se interpretan señales, se justifican ausencias y se toleran situaciones que, en un estado de mayor calma, no resultarían aceptables. El miedo a perder la conexión desplaza la propia percepción y aleja del eje personal.
Cuando la activación domina, el vínculo se vuelve un escenario de urgencia. Se confunde intensidad con profundidad, ansiedad con deseo y cercanía con amenaza. En ese marco, no hay verdadero encuentro, sino esfuerzo por sostener algo incierto.
La intensidad saludable es distinta. No acelera ni tensa de manera constante. Se experimenta como posibilidad de ser uno mismo, curiosidad sin ansiedad y una calma compartida. Tal vez la pregunta central no sea “¿qué tan fuerte lo siento?”, sino ¿puedo estar en este vínculo sin tensarme?
Si la respuesta es no, esa intensidad no es destino: es una señal.
Desaprender la urgencia para construir solidez es uno de los desafíos vinculares de esta época. Este pasaje —de la reacción a la presencia— es el eje del trabajo clínico que realizo y del programa Conexión 180, orientado a adultos que buscan vínculos más claros, seguros y auténticos.
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