El brote mundial de Coronavirus está golpeando fuertemente las ventas minoristas de lujo, dejando pérdidas millonarias. La industria de la moda hoy en día se encuentra en jaque e intenta poner en machar nuevas estrategias comerciales y hasta mediáticas.
El calendario de la moda ya ha suspendido varios de sus desfiles que incluyen la semana de las colecciones crucero de mayo, la masculina en junio y la couture que ocurre la última semana del mismo mes en París. Asimismo la Gala del Metropolitan Museum of Art, la noche más importante que reúne a las personalidades más grandes de la moda, y que anuncia la muestra anual del Costume Institute, hace semanas fue suspendida con fecha incierta de reemplazo.
Algunos de los referentes más importantes de la industria reaccionaron donando de distintas maneras su tiempo, talleres, dinero y trabajo para ayudar a los afectados por el virus generando insumos como máscaras. Entre algunos de los donantes se destacan Armani, Louis Vuitton y Ralph Lauren.
Recientemente también hemos conocido los comunicados de marcas como Dior: "Esta firma se compromete activamente a ayudar y proteger a todos los que están en la línea de batalla cada día. Gracias a nuestras maravillosas costureras que, en una muestra excepcional de solidaridad, están trabajando incansablemente para protegerlos."
Pero la problemática se presenta cuando estos referentes planteen como la moda se verá a nivel social de ahora en mas y, por supuesto, la manera en la que se consumirá.
Casi con la misma velocidad de la proliferación del virus, muchas marcas lanzaron diseños de "barbijos" en sus versiones “fashion”. Objetos de deseo costosos para víctimas fashionistas, e influencers que buscaban la mejor “corona selfie” en su versión “pandemic chic style”. Consumidores que quizás a costa de distinguirse socialmente de la masa, no tuvieron en cuenta que esta enfermedad no discrimina por clase social y que, nuevamente, consumían sin pensar.
Al igual que un barbijo, este virus crea una barrera entre uno mismo y el mundo; nos aísla, pero nos regala un prolongado tiempo suplementario que nos invita a pensar la forma de consumir en un futuro incierto.
Observando al mundo en silencio, sin turistas de paseo, sin tráfico aéreo ni barcos en alta mar y sin comercios abiertos, el aire que se respira es más puro. Las aguas se tornan cristalinas, los animales salen de sus guaridas a explorar un planeta que hasta hace poco era caótico, con un nivel espeluznante de contaminación, y que nos pedía a gritos parar.
Teniendo en cuenta que la industria de la moda es la segunda que más contamina al medio ambiente: ¿Seremos capaces de consumir más inteligentemente? ¿Seremos lo suficientemente sensatos para darle a nuestro planeta una tregua sin fecha de vencimiento? Si juntos podemos superar esta pandemia, todo es posible. Solo es cuestión de tener ganas.
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