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02/10/2015

Caras en Miami

Jorge Pérez , el filántropo y coleccionista mas rico de los EEUU

“Mas importante que el dinero es el legado”

Dueño de una fortuna de 3600 millones de dólares, a esta altura de su vida, para Jorge Pérez (65) el dinero es algo secundario. Hijo de padres cubanos, nacido en la Argentina, criado en Colombia y radicado en Miami, el empresario que figura entre los 500 hombres más ricos del mundo según Forbes, se considera el mejor desarrollador inmobiliario del mundo. Conocido como el “Donald Trump del Trópico”, es amigo del magnate y precandidato a presidente por el Partido Republicano para las elecciones estadounidenses de 2016 y, de hecho, suelen realizar proyectos en conjunto. “Nosotros desarrollamos mil veces más edificios que Trump, lo que pasa es que él es un genio en Marketing. Soy mucho más constructor que él”, aclara Pérez, cuya constructora The Related Group modificó la geografía de Miami convirtiéndola en una gran metrópoli.
Aunque vivió en Buenos Aires hasta los 9 años, aún recuerda con cierta nostalgia su casa de La Lucila, los paseos con su madre por el cementerio de la Recoleta y los espectáculos en el Teatro Colón. Hoy, a pesar de ser ciudadano estadounidense, se considera latinoamericano. A la Argentina lo une su amor por el fútbol y, sobre todo, por el arte, motivo que lo lleva a visitar Buenos Aires entre tres a cuatro veces por año para comprar obras de artistas emergentes. De hecho, en diciembre de 2013 y luego de una donación de cerca de 40 millones de dólares en obras, el Museo de Miami fue rebautizado como PAMM (Perez Art Museum Miami). El hecho no es menor: es el primer edificio público de los Estados Unidos en llevar el nombre de un latino.
El empresario recibió a CARAS en su mansión de tres plantas ubicada en Coconut Grove, “Villa Cristina”, junto a su mujer estadounidense, Darlene, quien es médica y también colabora con él en los eventos sociales y benéficos de su compañía. Su casa, inspirada en Venecia, demoró tres años en ser diseñada y dos en construirse. La obsesión por el detalle de un hombre que construye torres con departamentos que llegan a valer entre 20 y 30 millones de dólares, no es menor. “Este campo se lo compré a Howard Hughes, un loco pionero en la aviación que se dedicó a la producción y dirección de películas —y que supo protagonizar romances con las más bellas de la época de oro de Hollywood como Ginger Roger, Ava Gadner o Rita Hayworth, entre otras—. El compró todo ésto para el instituto oceanográfico de investigaciones. Lo zonifiqué para 23 unidades, pero sólo se han construido 10 porque mucha gente compró varios lotes. La mía tiene cuatro”, explica el filántropo, quien narra con acento entre colombiano y cubano, y resume algunos conceptos en inglés. “En ese momento me encantaba la arquitectura de Venecia, entonces con dos interioristas y un arquitecto muy bueno, Roger Fry, nos fuimos a Venecia buscando el diseño que queríamos. Por ejemplo, para lograr algunos granitos tuve que comprar una mina en los Cayos y así conseguí este material. Todos los interiores, los muebles, las alfombras, la madera de la biblioteca, los hicieron artesanos que trajimos de Italia”, revela.
Su último proyecto es en sociedad con el italiano Giorgio Armani, con quien se encontró en Milán. “Me reuní con Giorgio en Italia. Es un diseñador y tiene un grupo grande y él aporta los principios del diseño. Es muy buen diseñador de muebles y espacios. César Pelli es el arquitecto, es un equipo fabuloso”, detalla Pérez.
—¿Tiene algún principio que lo haya guiado en la vida?
—Todo depende del esfuerzo y el trabajo. Hay mucha gente inteligente y creativa que no llega, entonces uno tiene que tener una combinación de cosas, que siempre deben estar acompañadas por el trabajar sin parar. Cuando me preguntan por qué me ha ido tan bien, respondo que en gran parte se debe a que cuando llegué aquí dormía de dos a tres horas por noche porque me la pasaba trabajando. En los Estados Unidos se puede crecer pero la competencia es brutal. Para ser de los mejores uno tiene que trabajar más que los demás y con inteligencia.
—¿Sólo le importa ganar dinero o también es importante apasionarse por lo que uno hace?
—Siempre le he dicho a los jóvenes y a mis hijos que para ser feliz y triunfar en la vida es muy importante que elijas algo que te encante hacer. Todos los días me levanto y amo desarrollar la creatividad, trabajar con diseñadores y arquitectos para crear edificios, ciudades y barrios; eso es algo que me apasiona. Trabajo tanto porque no me cuesta. Hay mucha gente que se levanta todos los días y se queja de ir al trabajo. Involucro mucho a la familia en el trabajo para poder hacer lo que me gusta y que ellos empiecen a disfrutarlo también.
—¿Su mujer se involucra en sus proyectos?
—Me ayuda y participa mucho en los eventos sociales y benéficos, cuando necesito viajar a países y proyectos en otros lugares. Ella me ayuda y me acompaña y al mismo tiempo me dice la verdad si hay algo que no le gusta.
—¿Sus hijos trabajan con usted?
—Tengo cuatro hijos: Cristina (31), Jon Paul (30), Nicolás (27) y Felipe (11). Cuando diseñamos departamentos para gente joven, les pido su opinión porque ellos saben mucho más que yo lo que le gusta a los de su edad. Entonces es muy importante tener la opinión constante de mi familia. Soy muy cercano a todos mis hijos, nos llevamos muy bien, que es algo sumamente importante. Mi hijo mayor está junto a mí en la oficina, mi hija es trabajadora social y el otro trabaja en Nueva York. Tengo un dictamen para ellos, que es que no pueden trabajar conmigo hasta que no lo hagan cinco años en otra compañía, en un puesto serio. Y prefiero que sea Nueva York porque es la ciudad más competitiva del mundo. Y después tienen que hacer una maestría o, sino, que no trabajen conmigo. A mi hijo le va muy bien, está en la compañía de Carlos Rosso, el vicepresidente ejecutivo de The Related Group. El menor lleva cinco años trabajando en Nueva York y va a aplicar para la Universidad de Columbia para hacer un MBA. Y para mi es muy importante que sean reconocidos por lo que son y no por lo que es su papá.
—Después de vivir tantos años en los Estados Unidos, ¿qué rasgos le quedaron de la Argentina?
—Mis padres nacieron en Cuba pero se fueron a la Argentina a trabajar en una multinacional de la farmecéutica. Eran argentinos de corazón. Llegaron cuando subió Perón, entonces mi hermano y yo nacimos en Buenos Aires y allí vivimos unos quince años. Ellos se consideraban argentinos. Nuestra casa estaba en La Lucila y mi padre tenía un puesto importante. Cuando mi abuelo murió, que era un hombre de dinero en Cuba, él debe viajar por el tema de la herencia y termina abriendo allá laboratorios químicos. Pero cuando sube Fidel Castro le confisca todo y tuvimos que salir de Cuba e irnos a Colombia. En la Argentina viví hasta los nueve años. Allá, el gerente de ventas de mi papá se enamoró de la hermana de mi mamá cuando nos fue a visitar a Buenos Aires, se casaron y lo trasladaron a Colombia. Cuando asume Fidel, ellos nos envían los tickets aéreos para salir de Cuba, algo que era muy difícil por entonces, y por eso terminamos allí.
—¿Cómo ve a la Argentina desde su lugar?
—Conozco tanto a Daniel Scioli como a Mauricio Macri. A Macri lo conocí a través de su padre, Franco Macri, porque era desarrollador, y luego afiancé la relación con él cuando fue presidente de Boca Juniors. A mí me encanta Boca, yo soy del pueblo (risas). Fui dos veces al palco de Diego Maradona también. Y me gusta mucho el fútbol. Ahora sigo al Barcelona por Messi y por mi hijo, que es arquero. Pero en la Argentina nos sentimos en casa, porque se come espectacular, y me gusta quedarme en el hotel Alvear, a pesar de que hay muchos lugares muy buenos. También estuve en Salta, en las Cataratas del Iguazú, esquié en Bariloche, tomé mucho vino en Mendoza, donde me hice amigo de la familia Catena Zapata. Al mismo tiempo tenemos muchos compradores e inversionistas que quieren ser parte de mi negocio, y desean que invierta en la Argentina.
—Se lo ve apasionado por la política, ¿cómo fue su labor junto a Bill Clinton?
—Trabajé con él y ayudé a Hillary Clinton en las elecciones internas del Partido Demócrata contra Obama. Luego, lo apoyé a Obama. Y ahora voy a volver a trabajar con ella. Me involucro, le organizo las fiestas de recaudación de fondos. Cuando Bill Clinton fue presidente me involucré mucho y me preguntaba mucho sobre Latinoamérica y sobre Cuba, iba frecuentemente a la Casa Blanca.
—¿Es un hombre de negocios que apuesta a la filantropía?
—Creo mucho en la filantropía. Soy uno de los dos latinos en participar de una iniciativa de Warren Buffet y Bill Gates, que se llama The Giving Pledge, que nos compromete a donar más de la mitad de nuestro patrimonio a la filantropía. Ayudamos al arte, a la educación, a la ciencia… Somos cien en todo el mundo. La filantropía en Latinoamérica es algo que casi no existe. Para mí ha sido siempre muy importante; quiero ser un ejemplo para que los latinos devuelvan parte de sus ingresos a la sociedad. Por eso le puse mi nombre al museo, más allá de los 40 millones de dólares que gasté, para que sea el primer edificio público de los Estados Unidos en tener un nombre latino. Es muy importante para los latinos, que ya son más del 20% en toda la sociedad americana.
—¿Se fija en los centavos o no le da importancia al dinero?
—Hay una diferencia entre el dinero ganado y el heredado. Yo no heredé. Si tú eres la primera generación en crear la fortuna, es distinto a los Rockefeller. Vengo de una familia del exilio, donde perdimos todo, entonces ese miedo me ha hecho ser una persona que siempre ha ahorrado y le da atención hasta el último centavo, porque las pérdidas vienen de centavo en centavo. Siempre le prestamos mucha atención a la parte económica de la compañía. Cuando viajo, lo hago en primera clase pero mi secretaria tiene la orden de buscar las promociones, siempre. El dinero es muy importante, porque prefiero no tirarlo. Si me ahorro mil dólares, prefiero donarlo a una causa filantrópica.
—¿El dinero es una causa en su vida o una consecuencia?
—No me importa el dinero. No quiero que me conozcan por ser un hombre rico… Afortunadamente un millón más o menos no me provoca ninguna diferencia. El dinero es una manera de medir el éxito. Mis proyectos tienen que tener un impacto positivo en la sociedad y tienen que producir dinero, porque si lo pierdo soy un estúpido para el negocio. Mucho más importante que el dinero es el legado, qué dejo atrás. Mis edificios van a ser importantes, creé en Miami una metrópoli que será parte importante del mundo, le di al museo y a las universidades un valor agregado a partir de la filantropía, esas son las cosas que tienen valor. Y lo más destacable: he sido un buen marido y un buen padre. Mi familia es lo más importante.

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