Nuestra forma de vivir y expresar el autismo es diferente, y muchas veces queda oculta tras años de esfuerzo por encajar. Uno de los factores que más contribuye a esta invisibilidad es lo que hoy la ciencia identifica como un criterio diagnóstico clave en los adultos, particularmente en las mujeres: el masking, compensaciones, y otros tipos de estrategias de camuflaje social. Investigadoras como Laura Hull han demostrado que las mujeres autistas desarrollamos estrategias muy elaboradas para “parecer neurotípicas”: imitamos expresiones, modulamos la voz, copiamos gestos y suprimimos conductas naturales para no llamar la atención. A simple vista, parece que nos adaptamos sin problema, pero por dentro se acumula un desgaste que termina en agotamiento profundo, el llamado Burnout autista.
En mi caso, crecí convencida de que me manejaba muy bien socialmente. Soy de esas personas que parecen poder hablar hasta con los ladrillos de la pared: charleta, desenvuelta, sin vergüenza para iniciar una conversación. Desde afuera, eso parecía la prueba de que yo “sabía socializar”. Pero hablar mucho no es lo mismo que tener buenas habilidades sociales. Durante años no entendí que, aunque me comunicara con soltura, había aspectos que se me escapaban: no captar o no interesarme por dobles sentidos, chistes o burlas; ponerme a la defensiva ante cualquier injusticia, incluso si a los demás no les importaba; entender el lenguaje corporal y la intención del otro solo en interacciones uno a uno, pero perderme por completo en los grupos. Así podía conversar con cualquiera y, sin embargo, no lograba sostener amistades a lo largo del tiempo.
Incluso con desconocidos, esta diferencia es evidente. Si alguien se me acerca en la calle para pedirme ayuda concreta, entro en acción de inmediato: resuelvo, guío, acompaño. Pero si esa misma persona quiere simplemente charlar, me bloqueo. Siento una tensión física tan intensa que puedo hasta hiperventilarme. Me ha pasado en colectivos o trenes: preferir levantarme y perder el asiento antes que sostener esa interacción. Lo que para otros es un intercambio amable, para mí puede ser una situación de sobrecarga que necesito cortar.
La sobreadaptación no se limita a lo social. Como muchas mujeres autistas, vivo con una necesidad profunda de previsión y anticipación. Los cambios, incluso los pequeños, pueden desestabilizarme, angustiarme y generarme un estrés enorme. No es capricho ni “rigidez excesiva”: estudios como los de Sarah Bargiela muestran que esta necesidad de estructura es una forma de protegernos de la sobrecarga sensorial y emocional que provocan los entornos impredecibles. Si acordamos vernos a las cinco, para mí las cinco son las cinco exactas!!... llegar antes o después me altera igual. Y si pensaba que en una hora iba a hacer “A”, pero alguien decide que tengo que hacer “B”… la sensación es de desesperación.
Esta inflexibilidad también aparece con espacios y objetos que siento como propios, aunque no lo sean oficialmente. Mi rincón del sillón es mío. El lugar donde estaciono el auto, aunque no tenga mi nombre, es mío. Si está ocupado, me angustio, me cuesta seguir con el día. Con las cosas personales pasa lo mismo: he personalizado todo tipo de objetos con mi nombre para evitar que otros los usen, porque me genera una incomodidad difícil de explicar. Cuando alguien cambia de lugar mis cosas, puedo pasar horas reorganizándolas hasta devolver todo a su orden original, incluso llorando. Cognitivamente sé que estas cosas “pueden pasar”, pero emocionalmente me cuesta sostenerlo. Algunas veces logro disimularlo (o camuflarlo), pero por dentro el malestar es enorme.
En los últimos años, mi formación en Coaching, Neurociencias, habilidades sociales y educación emocional, junto con el conocimiento de mis diagnósticos, me ha dado herramientas para explicar mejor lo que necesito, poner límites y gestionar algunas situaciones con más salud.
Y aquí hay algo fundamental: cada neurodivergencia tiene VARIABLES e INVARIABLES. Las variables son aspectos que podemos mejorar, aprender o modificar. Las invariables están determinadas por nuestro cerebro, sistema nervioso y funciones ejecutivas: no van a cambiar, por muchas herramientas que sumemos. La clave está en reconocer cuáles son cuáles, y para las invariables, construir apoyos externos: sistemas, recordatorios, o saber a quién pedir ayuda, en quién delegar, con quién contar. No se trata de “funcionar como se espera de un adulto típico”, sino de encontrar maneras realistas y respetuosas de vivir desde el adulto que soy.
Algo más importante aún? El autismo no es solo una lista de desafíos. También implica fortalezas. La mayoría somos extremadamente detallistas y perfeccionistas; podemos detectar patrones y sistemas que otros no ven, y tenemos facilidad para estructurar y sistematizar casi cualquier cosa. Eso, generalmente, nos permite organizar nuestra vida, la de nuestros hijos y/o nuestro trabajo con bastante eficacia. Estas habilidades no compensan las dificultades: son parte integral de cómo funciona nuestro cerebro. Reconocerlas y desarrollarlas no solo nos beneficia a nosotros mismos, sino también a nuestras familias y entornos.
Hablar de autismo en mujeres adultas no es encasillarnos, es visibilizar lo que durante años fue ignorado. Es dejar de camuflar lo que no necesita esconderse y poner en valor lo que somos. Nombrarnos, explicarnos, pedir lo que necesitamos y reconocer nuestras fortalezas es el camino hacia una vida más coherente con nuestra naturaleza. No se trata de encajar, sino de habitar. No se trata de parecer, sino de ser.
Porque el autismo no nos define por completo, pero sí nos atraviesa. Y cuando lo entendemos, dejamos de vivir para adaptarnos y empezamos a vivir para ser.
AVA Neuro Coach – Coach Neurodivergente.
Neurociencias, Coaching, Educación Emocional, Recursos,
Herramientas y Apoyos para Personas Neurodivergentes.
Para contactarte con AVA:
- Web: www.avaneurocoach.com
- Whatsapp: +54 9 11-3945-8327
- Instagram: ava.neurocoach
- Facebook: AVA – Coach Neurodivergente
Juliana Awada: las mejores imágenes de sus nuevas vacaciones sexies
Horóscopo Marie Claire: las predicciones semanales para cada signo zodiacal
Pampita le dedicó una desgarradora carta a su hija Blanca a 20 años de su nacimiento