¿Qué tan libres somos para elegir?
“Yo elegí ser médico.”
¿Seguro?
¿O sos médico porque tu abuelo fue médico, tu papá fue médico, tu mamá fue médica… y en tu casa decir “quiero estudiar arte” era casi un acto terrorista?
“Yo amo el asado de los domingos.”
¿Lo amás?
¿O lo amás porque en tu casa siempre se comió asado los domingos
y si proponías sushi eras declarado traidor a la patria…
poco argentino… o “el que no sabe lo que dice”?
En Argentina, si sos varón y nacés en cierta familia, no elegís equipo.
Te lo asignan en la cuna.
Primero aprendés a decir “mamá”.
Después, a insultar al clásico rival.
Y creemos que elegimos.
Pero venimos a este mundo marcados por deseos que otros pusieron sobre nosotros antes incluso de que tengamos palabras.
Expectativas.
Mandatos.
Tradiciones.
Frases como:
“En esta familia somos…”
“Acá siempre se hizo así.”
“Vos tenés que…”
Y entonces aparece la pregunta incómoda:
¿Somos sujetos libres… o apenas reproductores de mandatos heredados?
Tal vez, la libertad no sea hacer lo que quiero.
Tal vez, la libertad sea descubrir qué de eso que “quiero”
en realidad no lo elegí yo.
Porque desde muy chicos aprendemos algo fundamental:
para sobrevivir necesitamos ser mirados.
¿Quién no recuerda los miles de “mirá mamá, mirá lo que hice”?
Qué importante era que hubiera un otro del otro lado que festejara,
que validara, que dijera: “qué hermoso lo que hiciste”.
A todos se nos inflaba el pecho cuando escuchábamos:
“Es muy inteligente.”
“Mirá qué bien dibuja.”
“Qué simpático es.”
Buscar la aprobación es profundamente humano.
Necesitamos ser queridos.
Necesitamos ser mirados.
La dificultad empieza cuando, para ser aprobados,
tenemos que dejar de ser nosotros.
Cuando elegís una carrera porque era la que tu mamá quería.
Cuando seguís un deporte porque “para eso servís”.
Cuando te convencen de que lo académico no es para vos porque “no te da”,
porque “sos vago”,
porque “no tenés constancia”.
A esas etiquetas muchas veces respondemos intentando demostrar algo.
Buscando aprobación.
Aunque el costo sea altísimo.
Incluso en cosas pequeñas:
“Hija, cambiate esa prenda, te queda mal.”
Y esa prenda te gustaba.
Pero como no fue aprobada, la descartás.
Ahí la libertad se vuelve acotada.
El psicoanálisis tiene algo interesante para decir sobre esto:
no somos absolutamente libres,
pero tampoco estamos completamente determinados.
Hay una grieta.
Y esa grieta aparece cuando empezamos a preguntarnos:
¿Esto lo deseo yo?
¿O estoy cumpliendo el deseo de otro?
¿Esto me gusta… o me acostumbré?
No es una libertad romántica, de película.
Es una libertad más humilde.
Pero más real.
No podemos elegir todo.
Pero sí podemos elegir qué hacer con lo que nos fue impuesto.
Y sí, eso implica algo incómodo:
vamos a decepcionar a nuestros padres.
Y está bien.
Porque si no decepcionás un poco a tus padres,
corres el riesgo de decepcionarte a vos mismo.
A veces, para empezar a ser un poco más dueño de tu historia,
hace falta hablar.
Pensar.
Cuestionar. Y claro, ir a terapia para animarse a descubrir
qué de todo eso que creías tuyo
realmente lo es.
Audios del celular de Mauricio Novelli sobre supuestos pagos: "De Milei me voy a ocupar yo"
Horóscopo de la semana: lo que se activa (y lo que se termina) para cada signo
Luisana Lopilato se robó todas las miradas con un look tendencia: Traje sastrero y brillos