Hay un tipo de agotamiento que no se explica con las horas de sueño ni con las vacaciones tomadas. Un agotamiento que lleva años instalado, que convive con una vida aparentemente funcional, con logros, con responsabilidades cumplidas. Desde afuera, todo parece en orden. Desde adentro, el cuerpo ya no tiene reservas.
En consulta, lo veo seguido. Mujeres con TDAH, con autismo, con altas capacidades, muchas veces diagnosticadas tarde, a veces todavía sin nombre para lo que les pasa. Lo que tienen en común no es la etiqueta sino la experiencia, años de esfuerzo sostenido para encajar, para responder como se espera, para filtrar un mundo que pega demasiado fuerte.
La investigación lo llama burnout neurológico. Se caracteriza por agotamiento crónico, pérdida de habilidades que antes estaban disponibles, y una sensibilidad al entorno que se vuelve insostenible. Lo que lo distingue de la depression, con la que frecuentemente se confunde, es su origen. El agotamiento viene de un esfuerzo específico, el de camuflar la propia manera de ser durante demasiado tiempo.

Lo que complica la recuperación es que muchas de las estrategias pensadas para el agotamiento tipico pueden jugar en contra. Más actividad social, más estructura, más esfuerzo cognitivo en un sistema nervioso que ya llegó a su límite agrega carga donde se necesita alivio.
Lo que sí parece ayudar es no buscar una forma única. Cada sistema nervioso usa recursos distintos para regularse, y reconocer cuáles son los propios forma parte del proceso. Para muchas personas, entornos con menos ruido sensorial y menos demandas sociales implícitas, la naturaleza, el movimiento al aire libre, ofrecen condiciones donde el cuerpo puede empezar a encontrar su propio ritmo, sin que se le exija nada a cambio.
Uno de estos recursos es el mindfulness cuando este se adapta a cerebros neurodivergentes y la quietud deja de ser el punto de partida. El cuerpo en movimiento, el contacto con lo concreto, una textura, una temperatura,el olor a tierra mojada o el piso bajo los pies, permite una presencia más orgánica, sin pose, sin el esfuerzo de parecer calma.
Las mujeres con quienes trabajo suelen llegar habiendo pasado años creyendo que el problema eran ellas. Que no se esforzaban suficiente, que eran demasiado, que algo no funcionaba bien. Muchas veces el diagnóstico llegó tarde o todavía no llegó. Lo que sí llega,es el agotamiento profundo. Acompañarlas en ese camino de vuelta, a un ritmo que respete cómo cada una procesa el mundo, es parte de lo que hago.
Laura Mannucci | Psicóloga Si querés saber más o agendar una consulta inicial gratuita, encontrás más información en lauramannucci.com o en Instagram
@v.laura.mannucci
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