miércoles 21 de febrero del 2024

Cuando perdonar no sirve. Por Natalia Ríos

¿Cómo que a veces no sirve? ¡Si siempre nos enseñaron que sí, desde el jardín de infantes! Natalia Ríos, quien se dedica a ofrecer sesiones individuales de Terapia Floral, formaciones y cursos especialmente orientados a la mujer desde hace más de 15 años, te lo cuenta. Galería de fotosGalería de fotos

CREDITO CARAS

Es cierto, desde muy pequeños nos han enseñado a pedir perdón y a perdonar. Por eso, de adultas lidiamos con un sinfín de problemas causados por querer ser siempre ser ‘buenas personas’, aceptando y justificando (perdonando) hasta comportamientos inadmisibles.

¡Y cuánto más difícil es reconocer que existen comportamientos inadmisibles cuando se trata de familiares directos, amigos de toda la vida, parejas…!

En el camino espiritual y bajo una mirada holística, el perdón tiende a ser tomado desde el reduccionismo: es una suerte de atajo hacia la salvación, hacia la redención y, con el tiempo, a la iluminación. Tal vez ese ‘perdón divino’ sea algo que los grandes sabios de la historia hayan practicado mucho, lo suficiente como para poder sintetizarlo. 

Pero nosotras, occidentales del siglo XXI, tenemos que adoptar una falsa postura de superación para anteponerse a cada situación en la que sufrimos un maltrato.

Tratando de no tomarlo personal, de situarnos en el contexto de la otra persona, de argumentar el sinfín de ‘porqués’ para mantener el vínculo a toda costa, perdonamos y perdonamos. Total, según dicen, ‘nadie puede herirte a menos que le des ese poder’. 

Elegimos perdonar para no procesar el dolor y todas las demás emociones incómodas que nos alertan sobre la transgresión. Elegimos perdonar por el temor a un castigo imaginario por ser ‘malas personas’.

Me gusta reconocer el perdón como una consecuencia inevitable de alguien que vive los procesos de la vida paso a paso. Primero reconociendo que fuimos heridas y validando esa sensación. Luego duelando la idea de que debemos aceptar todo tal y como es,  y expresando límites. Y finalmente, al haber procesado, al haber integrado una faceta más de nuestra personalidad, al haber aprendido, llega (solito) el momento de trascender: mirar el pasado con los ojos del amor y la gratitud.

Claro que hubiéramos deseado que fuera diferente, aprender de otro modo, con menos dolor, con menos esfuerzo. ¡Por eso la segunda parte (duelar) es tan importante, y nadie quiere hacerla! Se prefiere ‘trascender’ la situación inmediatamente: ese es un perdón impostado, proveniente de una postura de falsa humildad.

Te aliento a dejar las máscaras y a vivir la espiritualidad sin edulcorante, procesando acompañada cada etapa difícil.

 

Natalia Rios

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