Hay algo que aprendí acompañando procesos de autoconocimiento: muchas veces no sufrimos solamente por lo que nos pasó, sino por la manera en que aprendimos a convivir con ello.
Normalizamos experiencias, repetimos historias y construimos explicaciones que dejamos de cuestionar. Podemos hablar de nuestro pasado durante años sin comprender cuánto sigue influyendo en nuestra manera de vivir.
Muchas personas vivimos en piloto automático,
siguiendo mandatos que se transformaron en creencias y moldearon nuestra personalidad, nuestras decisiones y nuestros vínculos. Intentamos cambiar a los demás, luchamos contra lo que sucede y nos aferramos a lo que sentimos injusto. Pero pocas veces nos preguntamos si somos capaces de aceptarnos a nosotros mismos.
Durante mucho tiempo, confundí el amor con la posibilidad de darle la razón al otro. Recuerdo haber dejado de decirle a mi madre que la amaba porque temía que interpretara esas palabras como una confirmación de que había hecho todo bien. Para mí, expresar amor significaba renunciar a mi derecho a quejarme.
Con los años comprendí algo que transformó mi manera de mirar los vínculos:
«Puedo amar a alguien y, al mismo tiempo, reconocer lo que me dolió. Una cosa no invalida la otra».
Sanar implica darle lugar a lo que vivimos, reconocer cómo nos afectó y dejar de subestimarlo. El tiempo, por sí solo, no garantiza una transformación. A veces necesitamos detenernos y observar aquello que todavía condiciona nuestras elecciones.
En una sociedad que nos impulsa a producir y mejorar constantemente, el autoconocimiento puede parecer otra tarea pendiente. Sin embargo, creo que no vinimos solamente a lograr cosas. Vinimos a ser humanos.
Fuimos criados por otros seres humanos, también atravesados por sus propias heridas. Comprender de dónde venimos no borra lo sucedido, pero puede ayudarnos a dejar de repetirlo.
Hace poco, alguien me señaló algo de mí que podía resultar ofensivo. Me pregunté cuántas veces nos ofende quedar expuestos más que aquello que nos están mostrando.
Mirarnos requiere coraje, pero también ternura. No se trata de juzgarnos, sino de reconocer lo que necesitamos cambiar sin dejar de tratarnos con amor.
El autoconocimiento no busca convertirnos en personas perfectas, sino ayudarnos a comprender quiénes somos, qué nos condiciona y qué queremos elegir.
Porque no siempre podemos cambiar nuestra historia, pero sí transformar la manera en que la habitamos.
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Sobre la autora
Erica Crausaz es Licenciada en Administración, counselor, consteladora familiar y facilitadora de procesos de desarrollo personal. Es creadora de Volvé a Vos (@volve.a.vos).
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