miércoles 26 de agosto del 2026

¿Era esta la vida que soñábamos?

Por Natalia Febre – Psicóloga MN 76.347. Galería de fotosGalería de fotos

¿Era esta la vida que soñábamos?
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Cuando éramos chicos nos preguntaban qué queríamos ser de grandes. Respondíamos con profesiones, lugares por conocer y proyectos que todavía parecían lejanos. Imaginábamos una vida en la que trabajaríamos, pero también tendríamos tiempo para disfrutar de aquello que habíamos construido.

Nadie decía que soñaba con tener más de un trabajo, vivir pendiente de las cuentas o llegar al final del día demasiado cansado para hacer lo que le gustaba. Sin embargo, para muchos, la adultez terminó pareciéndose más a una carrera por sostenerse, que a la vida que alguna vez habían imaginado.

¿Era esta la vida que soñábamos?

Crecimos con la promesa de que el sacrificio y el esfuerzo nos conducirían a la estabilidad. Sin embargo, nos convertimos en adultos dentro de una realidad diferente. Tener trabajo ya no siempre garantiza seguridad, acceder a una vivienda propia se vuelve cada vez más difícil y proyectar a largo plazo puede parecer un privilegio. Incluso el descanso, el disfrute y el cuidado de nuestra salud mental empiezan a sentirse como lujos.

Como psicóloga, escucho con frecuencia a adultos que se reprochan no saber organizarse, no ser suficientemente productivos o no haber avanzado como esperaban. Trabajan durante horas, cumplen con sus responsabilidades y llegan agotados al final del día. Sin embargo, en lugar de preguntarse si están sosteniendo demasiado, interpretan ese cansancio como una falla personal.

No todo cansancio se resuelve durmiendo más. No toda ansiedad nace de pensamientos irracionales. A veces el malestar es una respuesta comprensible frente a una realidad que exige productividad constante, pero ofrece cada vez menos certezas.

¿Era esta la vida que soñábamos?

Mientras tanto, las redes sociales nos muestran las llaves de una casa nueva, el pasaje a un destino soñado, el anuncio de un ascenso, un emprendimiento que crece y rutinas que parecen combinar trabajo, ejercicio, familia y descanso, sin ninguna dificultad. Vemos el resultado, pero no las condiciones que lo hicieron posible. No sabemos quién recibió ayuda, quién se endeudó, quién tiene miedo ni qué ocurre cuando la cámara se apaga.

Comparamos el detrás de escena de nuestra vida con la mejor fotografía de la vida ajena. Frente a esa vidriera, lo propio empieza a parecernos poco. Y terminamos deseando no solo aquello que vemos, sino la sensación de éxito, seguridad y plenitud que esa imagen parece prometer.

Pero ¿todo lo que perseguimos nace verdaderamente de nuestro deseo? ¿Queremos ese trabajo, esa pareja y esa forma de vivir, o queremos dejar de sentir que somos los únicos que todavía no los conseguimos?

¿Era esta la vida que soñábamos?

A veces confundimos el deseo con la urgencia de cumplir. Corremos detrás de objetivos que alguna vez imaginamos, que nuestra familia valoraba o que las redes presentan como señales de éxito, sin detenernos a preguntar si todavía nos representan. Así, la vida puede llenarse de logros y, al mismo tiempo, sentirse profundamente ajena.

Las prioridades cambian, algunos caminos dejan de representarnos. Nos volvimos expertos en sostener vidas que no siempre tenemos tiempo de habitar. Nos enseñaron a alcanzar la meta, pero no a preguntarnos si ese destino seguía siendo nuestro. Quizás nos falte recordar para qué queríamos crecer.

 

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