Muchas personas llegan a la consulta cuando sienten que su rostro cambió de golpe. Dicen: “Siento que se me cae la cara”, “Esta arruga antes no estaba” o “Me veo cansada aunque duerma bien”. Pero, en realidad, esos cambios no comenzaron el día en que los vimos. El envejecimiento es un proceso silencioso y progresivo que empieza mucho antes de hacerse evidente frente al espejo.
Con los años disminuye progresivamente la producción de colágeno y elastina, se enlentece la renovación celular y cambia la capacidad de la piel para conservar la hidratación. A esto se suman factores como la exposición solar, el estrés, el descanso, el tabaquismo, la alimentación y la genética. Más adelante también aparecen cambios en el tejido adiposo, los ligamentos y la estructura ósea. Por eso, el envejecimiento facial no es solamente una arruga: es un proceso que involucra distintos tejidos y ocurre de manera diferente en cada persona.
Para mí, prevenir no significa empezar antes a realizar procedimientos, sino empezar antes a comprender la piel. A veces, la mejor indicación es un protector solar, una rutina domiciliaria adecuada o corregir determinados hábitos. Otras veces puede ser conveniente incorporar un tratamiento que mejore la calidad cutánea o estimule progresivamente el colágeno. Y muchas veces también corresponde decir: “Todavía no lo necesitás”.
Las redes sociales también instalaron la idea de que prevenir es comenzar cada vez más temprano y acumular tratamientos. Pero no todo rostro necesita ser corregido. La prevención mal entendida puede generar sobretratamiento, modificar rasgos que eran armónicos e incluso crear inseguridades que antes no existían. El desafío médico es encontrar el equilibrio: cuidar sin obsesionar, intervenir sin transformar y saber cuándo no hacer nada.
No existe una edad exacta para comenzar. Dos personas de treinta años pueden tener necesidades completamente diferentes. Una quizás presenta daño solar, manchas, leve flacidez o deshidratación; la otra puede tener una piel saludable que solamente necesita fotoprotección y una rutina sencilla. La indicación de un tratamiento no es universal para todos: depende del diagnóstico, los hábitos, la genética y aquello que verdaderamente preocupa a la persona.
En la consulta me interesa conocer no solo qué le gustaría mejorar a una persona, sino también por qué. Hay pacientes que llegan solicitando un procedimiento porque lo vieron en redes sociales, pero, al conversar, descubrimos que quizá no responde a su verdadera necesidad. Además, es importante comprender que el rostro no está formado por zonas aisladas: todas sus estructuras se relacionan entre sí, y tratar un área sin evaluar el conjunto puede alterar su equilibrio. Por eso, escuchar, observar y explicar también forman parte del tratamiento. La medicina estética no debería comenzar con una jeringa, sino con una conversación honesta y una evaluación integral que permita preservar la armonía y la identidad de cada persona.
Envejecer no es una enfermedad ni algo que debamos combatir. Es un proceso natural que podemos aprender a acompañar. La medicina estética no puede detener el tiempo, pero sí ayudarnos a cuidar la piel, prevenir determinados daños y atravesar cada etapa sintiéndonos mejor. No se trata de parecer más jóvenes, sino de llegar mejor a los años que naturalmente vamos a vivir.
Contacto:
Dra. Milagros Costana Hidalgo
Instagram: med.est_milagroscostanahidalgo
Teléfono: +5492634765382
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