En los últimos años se puso de moda equiparar la adicción al sexo con la infidelidad. Sin embargo, no son lo mismo. Aunque ambas situaciones pueden provocar dolor en una pareja, responden a lógicas distintas y requieren miradas diferentes.

Toda adicción es, en sí misma, una enfermedad. En la adicción no hay verdadera elección ni del objeto ni de las circunstancias: hay compulsión. La persona no actúa desde un proyecto consciente, sino desde un impulso irrefrenable que busca llenar un vacío interno. En ese circuito no hay placer genuino ni libertad; lo que predomina es el agotamiento, el sufrimiento y la necesidad urgente de tapar emociones negativas o conflictos que no pueden ser puestos en palabras. La adicción es un acting, no un acto deliberado. De hecho, etimológicamente, “adicción” remite a una forma de esclavitud, a quedar sometido a algo.
La infidelidad, en cambio, se inscribe en el terreno de la elección y del pacto. Cuando dos personas deciden estar en pareja, establecen —explícitamente— acuerdos acerca de qué entienden por fidelidad. Existen parejas llamadas “abiertas”, por ejemplo, para quienes el vínculo sexual con terceros no constituye una transgresión. En esos casos, no hay engaño porque el modelo vincular fue conversado y consensuado.
La fidelidad, entonces, no es una imposición social automática, sino un acuerdo ético entre dos personas. Es saludable que, al iniciar una relación, cada uno pueda expresar con claridad cuáles son sus valores, sus límites y sus expectativas. No se trata de dar por sentado que la pareja funcionará “como debe ser” según mandatos culturales, sino de construir un modelo propio, sostenido en la honestidad y el respeto mutuo.
Confundir adicción con infidelidad puede invisibilizar la gravedad de un trastorno. La adicción al sexo, como cualquier otra adicción, deteriora la integridad psicofísica de quien la padece y suele generar conflictos en su entorno afectivo y social. Requiere tratamiento y abordaje profesional.
La infidelidad duele porque rompe un pacto. La adicción duele porque revela un sufrimiento más profundo. Diferenciarlas no justifica conductas, pero sí permite comprender mejor qué está en juego y qué tipo de respuesta necesita cada situación.
Licenciada Adriana Balduzzi
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