¿En qué momento la pastelería comenzó a ocupar un lugar central en tu vida, y que te llevó a convertirla en tu profesión?
Nunca imaginé que la cocina terminaría formando parte de mi vida de la forma que lo hizo. Nunca fui la típica persona que creció cocinando con su abuela o su mamá, ni siquiera me gustaba especialmente cocinar. En la pandemia, con 15 años y encerrada en casa, empecé a hacerlo como una forma de canalizar todo lo que estaba viviendo. Cocinar se convirtió en mi cable a tierra, en una manera de mantenerme presente y, sobre todo, de crear.
Después empecé a compartir lo que hacía, a venderlo para invertir en investigar cada vez más. Y creo que ahí apareció realmente el amor por la profesión: cuando cocinar dejó de ser simplemente hacer algo rico y empezó a convertirse en una búsqueda constante de sabores, técnicas, ingredientes y nuevas formas de hacer las cosas.

¿Qué es lo que más disfrutás del proceso de crear una preparación?
Particularmente, TODO! Crear combinaciones de sabores me apasiona, y es algo que hago constantemente, esté donde esté. Lo más engorroso quizás sea trabajar y perfeccionar las técnicas, pero con el tiempo aprendí a manejar las frustraciones y a entender que cada error también es parte del crecimiento. Y cuando finalmente ves el resultado, sentís que todo el proceso valió la pena.
¿Cual es tu búsqueda a la hora de crear?
A todo el mundo le gusta comer rico, entonces empiezo por ahi. Lograr un sabor, requiere de varios factores y trato de ser consciente de cuidar cada uno. Respetar la estacionalidad y trazabilidad de los ingredientes es clave para mí. Después, hay que darles lugar para que hablen por sí mismos: intervenirlos con técnicas que hagan que sus perfiles se enaltezcan y combinarlos con otros ingredientes que mariden bien. Creo que ahí está gran parte de la magia: no buscar transformar un ingrediente por completo, sino entenderlo y encontrar la mejor manera de llevarlo a su máximo potencial.
¿Hay algo que cambió tu manera de entender y hacer pastelería?
Sin duda, viajar y conocer otras culturas gastronómicas me abrió muchísimo la cabeza. Cuando salís de tu entorno y descubrís cómo otros entienden la comida, los ingredientes y las técnicas, empezás a cuestionar cosas que dabas por sentadas.
Uno de los viajes que más me marcó fue a Oaxaca, México. Ahí entendí realmente lo que significa tradición: técnicas prehispánicas que siguen vivas y pueblos que se mantienen a través de un oficio que se transmite de generación en generación.
De los oaxaqueños aprendí la perfección. Me sorprendió encontrarla ahí, porque uno podría imaginarla en un país como Suiza, en la obsesión por hacer todo impecable. Pero en Oaxaca descubrí otra forma: la de conocer profundamente un oficio y dedicarle toda una vida.
Con todo lo que venís construyendo, ¿qué sueño o proyecto gastronómico te gustaría concretar en los próximos años?
Es la pregunta más difícil. Siempre digo que el camino se hace al andar, así que, aunque siempre hay un objetivo que perseguir, no sé exactamente qué me deparan los próximos años. Lo que sí sé es que sueño con generar un impacto y contribuir positivamente al mundo de la gastronomía.
Para eso, sé que tengo que seguir formándome, pero para mí la mejor formación no siempre es la institucional, sino estar al lado de profesionales que saben más que vos, observar, preguntar y hacer. La gastronomía es un oficio muy práctico: se aprende haciendo, equivocándose y volviendo a intentar. Y creo que ese va a seguir siendo mi camino: aprender todo lo que pueda de quienes me rodean y, con el tiempo, encontrar mi propia manera de aportar.
Datos de contacto:
Instagram: @lulospatisserie
Mail: [email protected]
Substack: @luloo
La soledad de Milei: aislado en Olivos
Qué es el "lazy girl job" tendencia en redes que atrae a las nuevas generaciones
La nueva vida de Alejandro Awada: "Después de 45 años me reencontré con mi amor de la adolescencia"