lunes 07 de septiembre del 2026

¿Por qué nos cuesta tanto irnos de los lugares donde ya no somos felices?

A veces sabemos que un vínculo, un trabajo o una etapa ya terminó mucho antes de animarnos a dejarla. ¿Qué mecanismos psicológicos explican que permanezcamos incluso cuando quedarnos también duele? Galería de fotosGalería de fotos

¿Por qué nos cuesta tanto irnos de los lugares donde ya no somos felices?
¿Por qué nos cuesta tanto irnos de los lugares donde ya no somos felices? | CONTENT CARAS LIKE
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Hay momentos en los que una persona puede reconocer con bastante claridad que una relación, un trabajo, una amistad, una institución o determinada etapa de su vida ya no le hace bien. Sin embargo, advertirlo no necesariamente conduce a una decisión inmediata. Entre comprender que necesitamos irnos y efectivamente hacerlo puede existir una distancia psicológica considerable.

Esta dificultad no debería interpretarse simplemente como falta de voluntad o incapacidad para decidir. Desde la psicología podemos comprenderla como el resultado de diferentes procesos emocionales, cognitivos y vinculares que intervienen simultáneamente cuando una persona se encuentra frente a una pérdida o un cambio significativo.

Uno de ellos es nuestra relación con la incertidumbre. Las personas tendemos a organizar nuestra experiencia a partir de cierta necesidad de previsibilidad. Lo conocido, aun cuando resulte insatisfactorio, proporciona referencias: sabemos cuáles son las reglas, qué podemos esperar y de qué manera desenvolvernos dentro de ese escenario. Abandonarlo implica ingresar en una realidad que todavía no podemos anticipar completamente.

En este punto puede intervenir lo que en psicología y en las ciencias de la decisión se conoce como sesgo del statu quo: la tendencia a mantener una situación existente frente a alternativas que implican modificarla. No necesariamente permanecemos porque aquello que tenemos sea bueno; en ocasiones permanecemos porque cambiar exige asumir incertidumbre, reorganizar hábitos y construir nuevas referencias.

También aparece la denominada aversión a la pérdida. Frente a una decisión importante, las personas podemos experimentar con especial intensidad aquello que sentimos que perderemos. Por eso, al imaginar una separación o un cambio, nuestra atención puede quedar concentrada en lo que dejamos atrás —personas, rutinas, pertenencias, proyectos, reconocimiento, seguridad— y resultar mucho más difícil representar emocionalmente aquello que todavía podríamos construir.

A esto se suma otro fenómeno relevante: el efecto de los llamados costos hundidos. Cuanto mayor ha sido la inversión de tiempo, esfuerzo, afecto o expectativas en una relación o proyecto, más difícil puede resultar aceptar que esa etapa necesita finalizar. Aparece entonces un razonamiento frecuente: “Después de todo lo que invertí acá, ¿cómo voy a irme ahora?”.

Sin embargo, permanecer únicamente para justificar lo que ya hemos invertido puede conducirnos a sostener situaciones que dejaron de responder a nuestras necesidades actuales. El tiempo entregado a una historia no puede recuperarse permaneciendo más tiempo en ella. Y finalizar una etapa tampoco convierte automáticamente en inútil todo aquello que vivimos.

Existe además una dimensión profundamente vincular e identitaria. No nos vinculamos solamente con personas, trabajos o instituciones: construimos dentro de ellos una parte de nuestra identidad. Allí desarrollamos roles, relaciones, proyectos y formas particulares de comprender quiénes somos.

Por eso algunas despedidas resultan especialmente difíciles. No implican solamente alejarnos de alguien o abandonar un lugar. También pueden exigirnos revisar la versión de nosotros mismos que construimos mientras estuvimos allí.

En estas situaciones puede aparecer además cierta disonancia cognitiva: la tensión que experimentamos cuando aquello que vivimos comienza a entrar en contradicción con nuestras creencias, decisiones previas o expectativas. Reconocer que una elección que alguna vez tuvo sentido ya no lo tiene puede resultar emocionalmente complejo, porque nos obliga a reorganizar el relato que construimos sobre nuestra propia historia.

También intervienen el apego, la culpa y el sentido de pertenencia. Cuanto más significativo ha sido un vínculo, más difícil puede resultar diferenciar entre valorar una historia y sentirnos obligados a permanecer en ella. Podemos confundir gratitud con permanencia, compromiso con renuncia personal o lealtad con imposibilidad de cambiar.

Pero agradecer una historia y terminarla no son acciones incompatibles.

Podemos reconocer lo que una relación, una institución, un trabajo o una experiencia significaron para nosotros y, al mismo tiempo, aceptar que nuestras necesidades, nuestros límites o nuestra manera de comprender la vida han cambiado.

Irnos también implica atravesar un proceso de duelo. Y ese duelo no ocurre únicamente por aquello que efectivamente perdemos. Muchas veces necesitamos elaborar también los futuros imaginados: aquello que pensamos que sucedería, las promesas que hicimos, los proyectos que construimos y las versiones posibles de nuestra vida que finalmente no acontecerán.

Quizá por eso, frente a determinadas decisiones, la pregunta no sea solamente: “¿Por qué me cuesta tanto irme?”, sino también: “¿Qué necesito elaborar, agradecer o despedir para poder volver a elegir?”

Porque psicológicamente crecer no consiste en permanecer para siempre fieles a cada decisión que alguna vez tomamos. También supone desarrollar la capacidad de revisar nuestras elecciones a la luz de quienes somos hoy.

Cambiar de dirección no necesariamente significa que nos equivocamos antes. A veces significa que pudimos escuchar algo nuevo de nosotros mismos.

Y tal vez allí aparezca una dimensión especialmente esperanzadora de las despedidas: comprender que terminar una etapa no significa quedarnos sin historia, sino recuperar la posibilidad de seguir escribiéndola.

Podemos llevar con nosotros lo aprendido, conservar aquello que nos hizo bien, elaborar lo que nos dolió y construir nuevas formas de vincularnos y de elegir.

Porque irnos de un lugar donde ya no podemos crecer no siempre es solamente una pérdida. A veces también es el comienzo de la posibilidad de volver a elegir una vida en la que podamos reconocernos.

 

Lic. Jesica de Sa Torres

Psicóloga | M.N. 59708

Universidad Católica Argentina

Instagram @psicologavidaconsagrada

Sitio web www.psicologacatolica.com.ar

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