Durante mucho tiempo se pensó que la falta de deseo sexual en las mujeres era un problema individual: una cuestión hormonal, emocional o incluso de interés por la pareja. Sin embargo, cada vez más investigaciones y experiencias clínicas muestran que existe un factor, muchas veces invisible, que impacta directamente en la vida sexual: la carga mental.
La carga mental es ese trabajo silencioso de organizar, anticipar, recordar y sostener la vida cotidiana. No se trata solamente de hacer tareas, sino de pensar constantemente en ellas. Cuando una mujer pasa el día gestionando responsabilidades laborales, familiares y emocionales, es esperable que, al final de la jornada, le resulte difícil conectar con su cuerpo, con el otro y, por supuesto, con el placer.

En este contexto surge un fenómeno viral: la llamada “energía masculina”. Más allá de las simplificaciones de las redes sociales, muchas mujeres describen sentirse más disponibles para el deseo cuando perciben que no tienen que hacerse cargo de todo. No se trata de roles tradicionales de género, sino de la posibilidad de compartir responsabilidades, sentirse acompañadas y descansar de la exigencia constante de estar al mando o de tener todo bajo control.
La sexualidad no ocurre únicamente en el dormitorio. El deseo también se construye en los gestos cotidianos: en la cercanía emocional, en la escucha, en la corresponsabilidad, en la copaternidad y en la capacidad de sostener juntos la vida diaria. Porque, para muchas personas, sentirse cuidadas y contenidas emocionalmente es una condición necesaria para poder entregarse al placer.
Tal vez sea momento de dejar de preguntarnos por qué las mujeres tienen menos deseo y empezar a preguntarnos qué condiciones estamos creando para que ese deseo pueda existir. Después de todo, el erotismo necesita algo más que atracción: necesita espacio mental para florecer.
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