Que hablemos más de salud mental es, sin dudas, un avance. Tenemos más herramientas para reconocer lo que nos pasa, pedir ayuda y poner en palabras experiencias antes silenciadas. El problema aparece cuando esas palabras dejan de ayudarnos a comprender y empiezan a funcionar como etiquetas rápidas.
No toda tristeza es depresión. No toda preocupación es un trastorno de ansiedad. No toda persona que nos lastima es narcisista. Y no toda experiencia dolorosa constituye necesariamente un trauma.

Distinguir no significa minimizar. Una experiencia puede doler muchísimo sin necesitar un diagnóstico para ser válida. Cuando todo se convierte en una categoría clínica podemos empezar a mirarnos desde la patología: ya no estamos tristes, “somos depresivos”; ya no atravesamos una crisis, “tenemos un trauma”; ya no tenemos un conflicto, “el otro es tóxico”. En ese intento por entendernos, a veces simplificamos experiencias mucho más complejas.
En la maternidad esto aparece cada vez más. Escucho a madres preguntarse si un límite puede “traumatizar” a su hijo, si una separación afectará su apego o si permitir que se frustre puede dejarle una marca.
Detrás hay algo valioso: una generación que quiere mirar la salud mental de sus hijos y revisar formas de crianza. Pero esa intención puede convertirse en una exigencia imposible: criar hijos que nunca sufran, se frustren o se enojen.
Y eso no es salud mental.

Crecer también implica atravesar frustraciones, pérdidas, esperas, límites y conflictos. Nuestro trabajo como adultos no es evitarles cada emoción incómoda, sino acompañarlos y ofrecerles vínculos seguros desde los cuales puedan transitarlas.
La Organización Mundial de la Salud hace una distinción importante: todos podemos sentir ansiedad alguna vez, mientras que en los trastornos de ansiedad el miedo y la preocupación son intensos, excesivos, difíciles de controlar e interfieren en la vida cotidiana.
Las palabras importan. Los diagnósticos también. Bien utilizados pueden ordenar, aliviar y orientar un tratamiento. Cuando los usamos para explicar todo, pueden terminar explicando muy poco.
Quizás cuidar la salud mental no sea ponerle una etiqueta a cada cosa que sentimos, sino distinguir cuándo estamos frente a una emoción humana, cuándo necesitamos tiempo y cuándo necesitamos ayuda profesional.
Lic. Cindy Rybak
Psicóloga · Consultora de Sueño Infantil
M.N. 64835
Instagram: @psi.cindyrybak
[email protected]
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