A veces crecer también es esto: volver a mirar a nuestros padres y entender cosas que de chicos dolían distinto.
Durante mucho tiempo pensamos en todo lo que podría haber sido diferente. Nos preguntamos por qué mamá no estaba siempre al volver del colegio, por qué había días en los que el trabajo ocupaba demasiado espacio. Nos preguntábamos por qué papá no estaba en todos los actos, por qué trabajaba tanto, por qué no podía manejar sus horarios y venir.
Solemos mirar las ausencias. De chicos y también de adultos. Nos quedamos atrapados en aquello que sentimos que nuestros padres no supieron darnos. Creemos que podrían haberlo hecho mejor, haber estado más, haber fallado menos. Y quizás algo de eso sea cierto.
Pero crecer también implica animarnos a mirar el contexto completo. Mirar su historia. Entender que muchas veces ellos también estaban tratando de resolver la vida mientras nos criaban, haciendo lo mejor que podían con las herramientas que tenían.
Hoy entiendo que mamá no estaba cuando salíamos del colegio porque trabajaba. No solo con lo suyo, sino también ayudando a papá. Y que justamente por eso aprendimos a disfrutar profundamente cuando sí estaba: sus comidas, su presencia, esos momentos simples que para nosotras eran felicidad absoluta.
Hoy entiendo que papá no faltaba porque no quisiera estar, sino porque estaba intentando sostener algo. Que trabajar por su cuenta no era comodidad; era valentía. Era enseñarnos, incluso sin palabras, el valor del esfuerzo.
De chica no lo entendía. Sentía que ayudar era una carga, que todo hubiese sido más fácil si las cosas fueran “como las de los demás”. Pero el tiempo acomoda la mirada.
Y hay una edad en la que empezamos a reconocer todo lo que esa forma de vivir dejó en nosotros. Porque hoy entiendo que muchas herramientas con las que transito la vida nacieron ahí: en la responsabilidad, en aprender a adaptarme, en ver a mis padres seguir adelante
incluso en los días difíciles.
Escribo esto con lágrimas en los ojos porque entendí algo importante: nuestros padres también estaban aprendiendo mientras nos criaban. No tenían todas las respuestas. También estaban cansados, asustados, haciendo cuentas, resignando cosas.
Y muchas veces hicieron lo que pudieron con las herramientas que tenían.
Pero quiero decir algo importante: comprender no es justificar.
Las historias no son iguales. Hay personas que crecieron sin cuidado, protección o amor.
Personas heridas por quienes debían cuidarlas. Hay dolores, ausencias y heridas profundas que no deben minimizarse ni romantizarse. Comprender la historia de quienes nos criaron no significa justificar aquello que dañó. Hay responsabilidades que les corresponden a quienes cuidaban.
A mis pacientes, y a todos los que cargan preguntas, dolores o reclamos hacia quienes los criaron: crecer no significa negar lo que dolió, pero sí aceptar que nuestros padres también tuvieron límites, miedos e historias propias. Y al mismo tiempo reconocer que hubo situaciones que nunca debieron pasar.
Porque quizás crecer sea eso: dejar de preguntarnos únicamente por lo que faltó, para empezar también a mirar todo lo que sí hubo.
Y también entender que, cuando dejamos de mirar a nuestros padres únicamente como culpables de lo que nos pasa, aparece algo profundamente liberador: la posibilidad de hacernos responsables de nuestra propia vida. De elegir distinto. De construir algo nuevo con nuestra historia, en lugar de quedar atrapados para siempre en ella.
Porque llega un momento en el que dejamos de mirar a nuestros padres como héroes o culpables, y empezamos simplemente a verlos como personas.
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