Hay enseñanzas que comienzan con pequeños gestos y terminan acompañándonos toda la vida. Lavarnos las manos, cepillarnos los dientes, alimentarnos saludablemente o disfrutar de un buen libro son aprendizajes que necesitan tiempo, paciencia y, fundamentalmente, adultos dispuestos a acompañar.
Desde mi experiencia como odontóloga, docente y escritora, aprendí que educar no consiste solamente en transmitir conocimientos, sino en despertar curiosidad, generar confianza y sembrar pequeñas semillas desde el afecto.

En 2010 nació mi proyecto “Iporãterei la ndepukavy – Demasiado linda tu sonrisa”, una propuesta de educación y prevención que me permitió recorrer instituciones educativas y espacios comunitarios, compartiendo experiencias con niños de distintas edades, respetando sus capacidades psicomotrices, sus tiempos de aprendizaje y distintas realidades sociales.
De ese recorrido nació mi primer cuento, “El cuentito del Anguja'í Pérez – Ratoncito Pérez”, que posteriormente fue reeditado como “La historia del Anguja'í Pérez – Ratoncito Pérez”. Ambas versiones acercan la salud bucal a los niños mediante la fantasía, el juego y un personaje entrañable.
Mi reciente historia, “Taĩ y el secreto del Iguazú”, presenta al hada de los dientes a través de una leyenda vinculada con las aguas de las Cataratas del Iguazú. Esta obra recibió la Mención Especial Dra. Marta Teodora Schwarz – Ángel de la Selva, en el XII Concurso Internacional de Cuentos y Poesías Cataratas Maravilla Natural 2026.
Mis cuentos comparten un hilo conductor: los dientes y la infancia. En ellos incorporo palabras en guaraní, paisajes de nuestra región, creencias populares y personajes mágicos, buscando que los niños aprendan a cuidarse mientras descubren y valoran su identidad cultural.

Pero ¿por qué hablar de libros cuando hablamos de prevención?
Escuchar cuentos, observar ilustraciones e imaginar historias estimula procesos cerebrales relacionados con el lenguaje, la atención, la memoria y la comprensión. La lectura compartida favorece el aprendizaje y ofrece oportunidades para reconocer emociones, expresar sentimientos y fortalecer los vínculos familiares.
Y no hace falta saber leer para disfrutar de un libro. Escuchar, mirar, preguntar o inventar finales también son formas de participar, respetando las posibilidades y los tiempos de cada niño.

Un cuento antes de dormir, una historia compartida con los abuelos o unos minutos de lectura en familia pueden convertirse en recuerdos que permanezcan mucho después de cerrar sus páginas.
Por eso desde mi humilde lugar continúo trabajando en nuevas creaciones literarias, siempre vinculadas con los niños, los dientes y la magia de nuestra tierra, con la ilusión de que cada historia deje una enseñanza y despierte las ganas de abrir otro libro. Porque enseñar a cuidar una sonrisa y despertar el amor por la lectura son dos hermosas maneras de cuidar la infancia y sembrar un futuro lleno de posibilidades.
Laura Alicia Caramello
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