Cuando la alimentación se vuelve un tema de preocupación, muchas veces la respuesta que aparece es insistir. Probar un poco más, negociar, convencer, presionar. Sin embargo, en los cuadros de selectividad alimentaria, forzar suele aumentar el rechazo y el malestar. Desde la integración sensorial, la pregunta es otra: ¿qué está viviendo el cuerpo frente a la comida?
Comer es una experiencia profundamente sensorial. Involucra olores, texturas, temperaturas, sonidos, movimientos y también emociones. Cuando el sistema nervioso percibe la situación como amenazante o abrumadora, la respuesta no es protegerse. Por eso, muchas personas, niños, adolescentes o adultos restringen su alimentación como una forma de regulación.
El abordaje de Terapia Ocupacional desde la integración sensorial propone acompañar sin forzar. Crear condiciones de mayor seguridad, entender qué estímulos resultan difíciles, respetar tiempos y construir tolerancia de manera gradual. Se trata de ayudar al cuerpo a organizarse para que comer sea posible sin sufrimiento, sin dejar de lado las habilidades necesarias.
En este camino, el trabajo en equipo es fundamental. La terapista ocupacional aporta la mirada sensorial y funcional de la alimentación: cómo se vive comer, qué estímulos interfieren, qué habilidades se necesitan, qué apoyos pueden facilitar la experiencia. La nutricionista acompaña cuidando el aspecto nutricional sin perder de vista las posibilidades reales del cuerpo. La psicología permite trabajar lo emocional, las experiencias previas y el impacto vincular que muchas veces se juega alrededor de la comida. En algunos casos, el acompañamiento psiquiátrico también es necesario para abordar co-ocurrencias o regular estados que interfieren con la alimentación.
Consultar no significa que la dificultad sea grave ni que haya “fallado” algo. Se recomienda hacerlo cuando la selectividad genera angustia, interfiere con la vida cotidiana, limita la participación social o se sostiene en el tiempo. Y esto es válido a cualquier edad. Nunca es tarde para entender qué le pasa al cuerpo frente a la comida.
Acompañar sin forzar es cambiar la lógica: pasar de la exigencia al cuidado. Porque cuando el cuerpo se siente escuchado, comer puede dejar de ser una lucha y empezar, de a poco, a ser una experiencia posible.
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