En una época marcada por el apuro y la sobreexigencia, muchos padres crían con la sensación de no llegar a todo: ¿cómo impacta esto en el vínculo con los hijos?
A la consulta llegan muchos padres y cuidadores que parecen vivir en modo supervivencia. Estresados y apurados, muchas veces actuando sin darse cuenta, como si estuvieran huyendo de algo que los persigue. Tratando de cumplir con todo y dándole la misma importancia a cada exigencia cotidiana.
Sin importar todo lo que hayamos hecho durante la semana, si el fin de semana hay un cumpleaños, apuramos a nuestros hijos con el mismo énfasis con el que los despertamos para llegar temprano a la escuela. En esos momentos cotidianos también se pone en juego el modo en que cuidamos el vínculo con ellos, el impacto de lo que decimos cuando los apuramos o de lo que les hacemos sentir, aun cuando el objetivo sea simplemente llegar a tiempo a un evento social.
En este contexto de exigencia permanente aparecen dos dificultades frecuentes en los adultos: la autoexigencia y la dificultad para priorizar. En ninguno de estos puntos empiezo por los niños, porque lo primero que deberíamos poder revisar es la posición desde la cual acompañamos. No podemos sostener si primero nosotros no estamos firmes.
Siguiendo una idea de Viktor Frankl, podemos pensar que entre lo que ocurre y lo que hacemos con ello siempre existe un espacio. Un tiempo interno que nos permite reflexionar, priorizar y posponer. No todo lo que queremos enseñar tiene que ser aprendido de inmediato, y no todo tiene el mismo peso todos los días.
Podemos desear muchas cosas para nuestros hijos: que sean buenos alumnos, deportistas, que cuiden su alimentación o que cumplan con sus compromisos. Sin embargo, la crianza no puede convertirse en una carrera permanente hacia el rendimiento, ni mucho menos olvidar el deseo de nuestros hijos.
Por eso es necesario aprender a priorizar y también a posponer. Priorizar implica mirar a nuestros hijos en su deseo, en lo que ellos necesitan, en sus tiempos y en sus procesos. Posponer supone reconocer que no todo debe resolverse de inmediato y que acompañar también es saber esperar.
Criar implica sostener aquello que no es negociable, porque hay límites que existen para su propio cuidado y crecimiento. Ser firmes no significa ser rígidos, sino estar disponibles para acompañarlos a cumplir esos límites y poder sostenerlos desde la calma.
Porque educar desde la crianza respetuosa no es decir siempre que no, pero tampoco es decir siempre que sí.
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